En el sistema de creencias andinas recogidas por los españoles durante el siglo XVI, a su arribo al Tawantinsuyu, se encontraba muy difundida la noción de que los residuos corporales tales como uñas y pelo (pestañas, cejas y cabellera) debían conservarse, para ser posteriormente enterrados junto con el cuerpo al que pertenecían. En el caso de los grandes señores y dirigentes étnicos, esto adquiría gran importancia puesto que se trataba de asegurar la conservación de la integridad de la persona. Para ello, muchos dirigentes tenían funcionarios que los acompañaban permanentemente y cuya tarea era recoger estos elementos y guardarlos en pequeñas cajitas. Su pérdida podría, eventualmente, permitir la realización de ceremonias destinadas a causarles daño. En el ofertorio fúnebre de un niño sacrificado en la cumbre del cerro El Plomo (Santiago de Chile), durante el siglo XVI, se encontraron pequeñas bolsas conteniendo uñas y pelos, pertenecientes al menor sacrificado.
El primer ritual de pasaje importante que debía realizar un individuo era la ceremonia de corte de pelo, en el transcurso de la cual se daba al niño su primer nombre. Este ritual implicaba entregar al niño su primer elemento de identidad social y étnica, puesto que su nuevo peinado era el que usaban los otros individuos de su comunidad, otorgado por las divinidades en los lejanos tiempos del origen del grupo. Este corte de pelo permitía identificar y diferenciar rápidamente la procedencia geográfica de cualquier persona y el grupo étnico al que pertenecía.
De todo ello puede deducirse la enorme importancia que parecieron haber tenido los objetos asociados al corte de pelo y a la depilación.
Esta pinza depiladora agrega a su significación como objeto, la presencia de una figura de mono, animal que, al menos en cierta iconografía, como la del cronista indígena Waman Puma, está asociada a las imágenes de las esposas de los Inkas o coyas , sugiriéndonos así su asociación, en este caso específico, con un probable contenido de "lo femenino". |