El
arquitecto chileno Sergio Larraín García-Moreno,
que introdujo la vanguardia en el urbanismo de Santiago, estudió en
Europa en su juventud y durante su retorno a las tierras americanas
recorrió este continente. Quedó maravillado por su
variedad de paisajes: la impenetrable y húmeda selva amazónica;
los áridos desiertos y los bosques lluviosos; el litoral
frío del Pacífico y las cálidas aguas atlánticas.
Pero fue la diversidad cultural lo que provocó su mayor
sorpresa. A pesar de la invasión europea, las culturas aborígenes
herederas del espléndido pasado americano no habían
desaparecido. Quedó atónito al constatar que parte
importante de la agricultura mundial gira en torno al maíz
y la papa,cultivos producidos y legados por los indígenas
de América a la humanidad; que los antiguos olmecas, hace
3.000 años, dominaban conceptos matemáticos abstractos
como el cero, que habían iniciado el conocimiento de la
astronomía y un sistema de escritura.
Pero más allá de
todo aquello, Sergio Larraín, con su formación
estética, sintió que en el arte de estos pueblos existía
un mensaje perdido que nosotros debíamos descifrar. Un mensaje de humanidad,
de singularidad cultural que debía ser rescatado.
Fue en esa época
cuando nació en él una verdadera pasión
por comprender a estas culturas y comienza a coleccionar sus obras de arte. Durante
50 años, seleccionó los más variados objetos precolombinos,
básicamente con un criterio : que su calidad estética provocara
una emoción similar a la descrita por Durero cuando vió una joya
mexicana en la corte de Flandes y maravilló su corazón. Así fue
como logró reunir un selecto conjunto de piezas de excepcional calidad,
cuya variedad representaba el arte propiamente americano. No fueron los complejos
conocimientos técnicos ni las heterogéneas economías aborígenes
lo que atrajeron su afán de coleccionista, sino aquel mensaje mucho más
profundo y hermético surgido desde el arte.
Don Sergio Larraín García-Moreno murió el 27 de junio de
1999.
|