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EN EL PAIS DE LOS LAGOS, BOSQUES Y VOLCANES
Los antepasados / antiku pu che

Carlos Aldunate del Solar

En las tierras de Huilío, cerca del río Toltén, una anciana machi ha salido de su ruka antes del alba para ir a la cancha sagrada donde se efectuará el nguillatún, la gran rogativa que su comunidad celebra una vez cada cuatro años. Aún es de noche y en el mes de octubre hace un frío penetrante. Una leve llovizna cae sobre la tierra húmeda, produciendo una niebla a través de la cual apenas se puede percibir el accidentado paisaje. La anciana camina rápidamente pero con dificultad, intentando sortear los charcos del sendero. Tiene que ayudarse con su bastón y en ocasiones recrimina a sus dos jóvenes ayudantes que tratan de se-guirla. Está preocupada, debe llegar a la cancha antes que des-punte el alba para iniciar la ceremonia que durará dos días completos. La machi tiene 90 años y no sabe si sus fuerzas la acompañarán. Pero el cacique y el nillatufe, especialista en rogativas de Huilío, han convocado a esta reunión y ella tiene que cumplir con su deber. Algo le dice que éste será su último nguillatún.

Al subir la última colina alcanzan a observar en el bajo la cancha con su altar, donde se encuentran el poste sagrado y un enorme toro atado a un tronco. A través de la niebla, perciben también las pequeñas fogatas de las familias que pernoctaron allí, esperando la gran ocasión. Está toda la comunidad reunida en un momento de gran intimidad, pues todavía no comienzan a llegar los invitados. Reciben a su machi con respeto y cariño y le ofrecen un caldo caliente. Ella lo rechaza. Debe iniciar pronto el rito de la primera mañana, el rito del alba. Se ha vestido con el kepam que tejió junto a su madre para su matrimonio, sobre el cual ha prendido las joyas de plata recibidas como dote de su madre y de la madre de su madre. Sobre el pañuelo colorido que se ha amarrado como un turbante, se ha puesto un penacho de plumas que le trajeron de Temuco. Se sienta en una silla que han colocado junto al altar por respeto a su edad y fuma con impaciencia. Ordena que su kultrún, el tambor que la ha acompañado desde hace 60 años, sea colocado cerca del fuego para que su piel se tense y arranque un bello tañido.

Cuando observa que detrás de la niebla comienza a aparecer el resplandor del alba, iluminando la tierra de los nevados volcanes del este, se yergue bruscamente y de modo autoritario pide a una asistente que le pase el kultrún; pone en su mano derecha un aderezo de cascabeles y se dirige hacia esa luz, hacia el lugar sagrado del este, el puel mapu, la tierra azul de los antepasados, más allá de los volcanes. Cierra sus ojos y rodeada del silencio solemne de la comunidad lanza un grito, seguido por un vigoroso redoble de kultrún. Entonces inicia el canto sincopado del pillantún, que invoca a los antepasados. Ellos, los muertos de la comunidad, los padres de los padres y los padres de sus padres, pu laku, los abuelos, han ascendido al sol en forma de aves y moran en el puel mapu. Ellos, los que velan por su pueblo, lo protegerán de la sequía, de enfermedades, multiplicarán las ovejas y ganados, las cosechas y los granos. Protegerán a su linaje. La comunidad debe acordarse siempre de esta vinculación sagrada con los kuifiche, antiguos caciques, antiguas machis del linaje. Deben conservar las costumbres, las vestimentas, el idioma ancestral, todo lo que se les ha dado. De esto dependerá su destino.

De pronto su cántico cambia de tono y ritmo. Golpea enérgicamente el tambor y se convierte en guerrera. Invoca a los antiguos kona o mocetones, a los valientes tokis ancestrales, a los antiguos guerreros para que protejan y defiendan a su pueblo de los engaños y desventuras a que han estado sometidos durante siglos.

En la gran ceremonia de rogativa mapuche, al recordar a sus antepasados a través del pillantún de la machi, la comunidad de Huilío venera a gentes cuyas vidas se pierden en el tiempo: a los cazadores y recolectores milenarios que poblaron esta región y las pampas argentinas, a los primeros ceramistas y horticultores de Pitrén, a los ancestrales pueblos de El Vergel, que enterra-ban sus muertos en vasijas de barro. Sin proponérselo, recuerdan también a los invasores españoles y a los winkas chilenos con los que se han mezclado por siglos. Con estos ritos, los mapuches evocan a antepasados que desconocen, pero a los cuales se sien-ten vitalmente unidos.

La arqueología nos permite viajar al pasado a través de los restos materiales e indagar sobre los antepasados y los orígenes de este pueblo.

El medio ambiente

El territorio que se extiende al sur del río Bío Bío se caracterizó por extensos bosques, con especies caducifolias, que al perder las hojas en invierno, permiten la insolación del suelo, posibilitando el crecimiento de un rico sotobosque, con gran cantidad de hongos, gramíneas y especies arbustivas con frutos comestibles. Antiguamente, este bosque dominaba todo el territorio entre la costa y cordillera, hasta el río Toltén, donde paulatinamente se transformaba en el bosque valdiviano, impenetrable, muy húmedo y siempre verde, poco favorable para el establecimiento del hombre. El bosque caducifolio, sin embargo, avanzaba por el valle central al sur del Toltén, hasta el Maullín, protegido por las cordilleras de los Andes y de la Costa, produciendo condiciones locales atractivas para la ocupa-ción humana, en especial en ambientes lacustres. Hoy, este paisaje está profundamente alterado por el talaje de los bosques, como consecuencia primero de actividades agrícolas y ganaderas y luego por la industria forestal.

Las sociedades humanas que ocuparon esta especial zona del país, se adaptaron desde épocas muy tempranas a este medio ambiente que les entregaba diversas especies de plantas y árboles de excelente calidad, inagotable riqueza de materias primas para la industria, a la vez que importantes recursos silvestres alimenticios y medicinales, que hacían posible vivir en este ambiente de la recolección y la caza, durante todo el año. En la costa de esta región, la presencia del océano Pacífico, al igual que en todo nuestro extenso litoral, produjo condiciones favorables para la permanencia de grupos humanos que aprovecharon y se especializaron en la caza de mamíferos marinos, pesca y recolección de algas y mariscos.

Monte Verde, los primeros descubridores

Durante el Pleistoceno, al finalizar la última glaciación, unas pocas familias se establecieron en Monte Verde, cerca de la actual ciudad de Puerto Montt, hace más de 12 mil años atrás. El paisaje y el clima de este lugar deben haber sido diferentes a los actuales. Los recursos alimentarios también lo eran, puesto que hay evidencias de la existencia de especies desaparecidas. Por ello y por su especial antigüedad, los arqueólogos han calificado a Monte Verde como un sitio del Período Paleoindio, correspondiente a los primeros pueblos que habitaron América.

La gente de Monte Verde vivió en un ambiente boscoso, aprovechando sus recursos madereros para hacer sus habitaciones, que techaban con cueros de animales. Los restos de sus fogatas demuestran que se alimentaban de especies animales hoy extinguidas, entre ellas el mastodonte, un elefante que cazaban con lanzas provistas de rudimentarias puntas de piedra. También recolectaban plantas alimenticias y medicinales de la región, las que preparaban en morteros de madera.

El sitio arqueológico de Monte Verde tiene una de las fechas más tempranas de nuestro continente y evidencia la gran antigüedad de la presencia humana en América. Sus fechas radiocarbónicas de 12 mil 500 años antes de hoy, demuestran que en esta época ya existían pequeños grupos humanos viviendo perfectamente adaptados en el sur de Chile. Si aceptamos que los primeros americanos fueron los que cruzaron de Asia a América por el estrecho de Bering, ¿cuántos años demoraron en llegar de Alaska a esta remota región? Esta y otras interrogantes demuestran lo poco que sabemos sobre este período de las primeras ocupaciones humanas del continente americano. La escasez de evidencias arqueológicas, siempre fragmentarias y por tanto discutibles, contribuye a la actual dificultad de explicar el origen de los diversos pueblos americanos.

Los cazadores y recolectores de Chan Chan y Quillén

Hace unos siete mil años que el paisaje, el clima y las especies animales son más o menos similares a las actuales. Los glaciares se retiraron poco a poco hasta su actual nivel, dejando en nuestro territorio grandes lagunas y lagos al pie de la cordillera de los Andes y entre la cordillera de la costa y el mar. Como consecuencia de estas alteraciones, la temperatura media subió y el ciclo climático dio origen a una estación fría, húmeda y lluviosa, seguida de otra más seca y cálida. Estas nuevas situaciones provocaron la expansión de los bosques y posibilitaron nuevos y diferentes espacios para la ocupación humana.

En nuestra región se conocen muy pocos sitios arqueológicos pertenecientes a esta época, probablemente por falta de una mayor investigación. Lo más seguro es que en el futuro se descubran nuevos sitios que demuestren que el hombre ocupó muchos ambientes costeros para aprovechar de la caza de lobos marinos, pesca y recolección de mariscos y algas, así como también los recursos de recolección de los bosques de la costa. Los ambientes de la llanura central --en esa época cubierta de bosques-- y los lagos de la precordillera también deben haber sido ocupados con alguna intensidad, así como los faldeos de la cordillera andina, donde existía, además del bosque templado, el recurso inigualable de los frutos del pewén o araucaria.

Los pocos datos que tenemos hasta ahora demuestran la coexistencia de dos tradiciones de cazadores. El alero de Quillén, cerca de la actual ciudad de Lautaro, da cuenta de la ocupación del valle central por grupos humanos que cazaban guanacos y recolectaban productos del bosque. Por otra parte, en Chan Chan, sitio costero ubicado al norte de Valdivia, se han encontrado restos de una sociedad que, a juzgar por los restos encon-trados en pequeños fogones, cazaba aves y lobos marinos, pescaba con redes y recolectaba mariscos, a la vez que aprovechaba los recursos del bosque aledaño. La gente de Chan Chan enterraba a sus muertos en posición flectada y los acompañaba de ofrendas como puntas de proyectil e instrumentos de piedra y conchas marinas. Quillén y Chan Chan tienen una antigüedad aproximada de 5 mil años.

Los estudios sobre cazadores recolectores en otras partes del mundo han demostrado que estos grupos se mueven con mucha facilidad de un lugar a otro, aprovechando diferentes ambientes en épocas distintas. Por ello, son muy flexibles en la manera como utilizan los diferentes espacios y desarrollan estrategias de subsistencia variables, dependiendo de los recursos que les interesan. Es muy probable que estas características sean aplicables a los cazadores-recolectores del Centro-Sur de Chile. De hecho, en sus campamentos se han encontrado restos que provienen de lugares muy alejados.

Si aceptamos estos postulados, la historia del hombre en el Centro-Sur de Chile, estaría caracterizada por el reconocimiento del territorio y el desarrollo de diferentes adaptaciones en los diversos ambientes de la costa, el valle central, los lagos precordilleranos y la vertiente occidental de los Andes.

Hasta el siglo pasado, grupos de cazadores se movían por la cordillera de los Andes, persiguiendo manadas de guanacos y ciervos andinos, recolectando los frutos dal pewén y pasando de una vertiente de los Andes a la otra. Estos últimos cazadores mantenían un modo de vida muy similar al de sus remotos antepasados de Quillén.

Ceramistas de Pitrén

A partir de los primeros siglos de nuestra era, en todo el vasto territorio que se extiende entre los ríos Bío Bío y Bueno, entre la costa y la cordillera, se encuentran los cementerios de un pueblo que conocía muy bien la tecnología de la cerámica. Decoraban las piezas con un procedimiento denominado "pintura negativa", también utilizado por sociedades de Chile Central y el Norte Chico en esta misma época. Conocemos tan sólo las tumbas de esta sociedad, en las cuales se han preservado hasta nuestros días únicamente las ofrendas de cerámica. Estas son en algunos casos simples cántaros; otras veces, tienen forma de hombres o animales, tales como patos, ranas o sapos. A este pueblo se le ha dado el nombre de Pitrén, un sitio ubicado en las riberas del Lago Calafquén.

La adaptación de estos grupos a los diferentes ambientes costeros, lacustres, vallunos y cordilleranos, indica que se encontraban largamente afincados en este territorio, sugiriendo que Pitrén tiene raíces muy profundas en las tradiciones de cazadores-recolectores más tempranas, que recibieron innovaciones venidas del norte, tales como la cerámica y probablemente algunos conocimientos de cultivos. Es posible que el maíz y la papa, tan bien adaptada a estas latitudes, hayan sido sembrados en pequeños huertos de temporada, para lo cual era necesario despejar el bosque mediante roces a fuego. La localización de los cementerios, sin embargo, hace pensar que la rica potencialidad de bosque caducifolio como recurso alimentario, la caza y la pesca terrestre y marítima, continuaron siendo la actividad económica fundamental de los pueblos Pitrén.

Pitrén representa un importante momento en la historia de esta región. Por una parte, porque, a juzgar por la industria cerámica, comienzan a producirse en esta época procesos culturales que demuestran etapas muy iniciales de la llegada de innovaciones andinas del norte de Chile. Por la otra, se trata de una sociedad que está en transición entre dos etapas culturales radicalmente diferentes: aquella en que el hombre vive cazando y recolectando, enteramente a expensas de la naturaleza, y aquella otra en que inicia la producción de alimentos.

En la prehistoria americana se ha acostumbrado llamar a la etapa de producción de alimentos con el nombre de Período Agroalfarero, pues en la mayoría de los casos la agricultura aparece asociada a la aparición de la cerámica. Si bien en Pitrén encontramos un desarrollo notable de la cerámica, no hay testimonios de tecnologías agrícolas de gran escala, como son la rotación de cultivos, trabajos de irrigación, fertilización de los suelos, etcétera. Al parecer, esta sociedad sólo cultivaba pequeños huertos de temporada en tierras que despejaba del bosque, trasladando su asentamiento cuando se agotaba el suelo. Este sistema, llamado horticultura, es utilizado hasta el día de hoy por muchos pueblos amazónicos. Es posible que la actividad hortícola reprtesentará para la gente de Pitrén sólo un complemento de los recursos proporcionados por la recolección y la caza, las que probablemente continuaron desempeñando un papel protagónico en la subsistencia de estos grupos humanos.

El pueblo de las urnas: El Verge l

A comienzos del segundo milenio de nuestra era, entre los ríos Bío Bío y Toltén, especialmente en los valles de Angol, aparecen restos arqueológicos de un pueblo profundamente diferente a Pitrén.

Esta región, la más septentrional de nuestro territorio, tiene características muy propias, como su clima benigno, acentuado aquí por la presencia de la cordillera de la costa, que adquiere elevaciones considerables. La llamada cordillera de Nahuelbuta produce un efecto de biombo climático que da al valle central condiciones de especial continentalidad, mayor sequedad y temperaturas mas altas. En este siglo, la potencialidad agrícola de los valles de Angol ha dado fama a esta región por sus rendimientos en las cosechas de trigo.

Precisamente en las cercanías de Angol, en la localidad de El Vergel, se han encontrado numerosas tumbas de una sociedad que enterraba a sus muertos en grandes cántaros o urnas de cerámica, a veces decoradas con pintura blanca y roja. Las ofrendas funerarias consistían en cántaros de cerámica, al menos uno pequeño, también decorado y de una forma muy característica, con un asa-puente que une el cuello de la vasija con su cuerpo. Debido a la humedad y acidez de los suelos, han desaparecido el resto de las ofrendas, en especial los atuendos de los difuntos. Sólo en condiciones muy excepcionales se han podido rescatar fragmentos de textiles, aros y alfileres de cobre y una cuchara de madera. Tal es el caso de Alboyanco, con sus terrenos pantanosos que han impedido la descomposición de los restos orgánicos.

Los cementerios de la gente de El Vergel nunca contienen más de dos o tres tumbas, lo que hace pensar que pertenecen a núcleos familiares pequeños que vivían en caseríos. La localización de los restos de esta sociedad en cercanía a ríos, indica que preferían estos lugares para usarlos en la irrigación de sus huertos, haciendo pequeñas obras de regadío. Al parecer, los grupos El Vergel permanecían un largo tiempo ocupando las mismas tierras, lo que indica un mayor grado de sedentarización de sus asentamientos.

Quedan todavía varios enigmas acerca de la presencia de esta sociedad en un lugar tan acotado de este territorio. No conocemos mucho sobre su forma de vida, puesto que solamente se han excava-do sus tumbas y no los sitios donde estaban sus habitaciones. El enterramiento en urnas es una costumbre sin precedentes en la región, que, probablemente, arriba como producto de vínculos culturales con pueblos de más al norte. Lo mismo puede señalarse de las tecnologías textiles, ya que acusan influencias andinas. Aparentemente, las urnas coexistieron con otras modalidades de entierro, como es el caso de las tumbas en canoas de madera o la simple inhumación.

Esta diversidad en las costumbres mortuorias lleva a preguntarse cómo pudo haber diferencias culturales como éstas en un espacio tan reducido y durante la misma época. Por otra parte, nop se conocen evidencias claras de los avances agrícolas que intuímos. Tampoco sabemos si es en esta etapa cuando se comienzan a amansar a los guanacos, que es el proceso inicial para la domesticación del chiliweke.

Todas estas innovaciones son propias de la historia del desarrollo cultural de los pueblos andinos. Probablemente, El Vergel representó una etapa importante en la "andinización" de las sociedades del sur de Chile, proceso que habría quedado trunco debido a la conquista española.

No hay dudas de que El Vergel tiene hondas raíces en la anterior sociedad Pitrén, a la que termina por absorber. Con todo, mientras El Vergel se establece al sur del Bío Bío, más allá del Toltén, en el sector de los lagos precordilleranos y cordilleranos, Pitrén subsiste hasta la conquista hispana.

Los aucas de Chile

A comienzos del siglo XVI, mientras los conquistadores españoles entraban en los dominios del Inca, tropas del gobernante cuzqueño Huayna Capac, que avanzaban hacia el sur, se encontraron con un pueblo que les opuso tenaz resistencia. Este pueblo colocó un límite al dominio incaico, que no logró pasar mas allá del río Cachapoal. Las incursiones guerreras del Inca probablemente llegaron hasta el río Bío Bío, pero no doblegaron la resistencia de esta sociedad, a la que por sus virtudes guerreras y espíritu belicoso pusieron el nombre de purumaucas o indios aucas de Chile.
Fueron estos mismos aucas o araucanos los que, algunas décadas más tarde, pusieron freno a la conquista hispana y mataron al conquistador de Chile, don Pedro de Valdivia. A fines de ese mismo siglo, destruyeron las ciudades fundadas por los españoles al sur del Bío Bío, fijando un límite al sur del cual conservaron su autonomía por espacio de casi 300 años.
Hoy llamamos mapuche a este pueblo, puesto que ellos se dan esta denominación. Se trata de los descendientes de los antiguos cazadores de Monte Verde, Chan Chan y Quillén, de los pueblos de Pitrén y El Vergel. Además, han incorporado elementos étnicos y culturales de los indígenas cordilleranos y transcordilleranos, con los que mantuvieron estrechos contactos. Por otra parte, la larga relación que mantuvieron con el mundo colonial y después con el Chile republicano, les dejó también herencias de mestizaje importante.
Son ellos los antiku pu che, los antepasados de los actuales mapuches invocados por la machi de Huilío

 

 

 
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Los antepasados / antiku pu che

Carlos Aldunate del Solar

En las tierras de Huilío, cerca del río Toltén, una anciana machi ha salido de su ruka antes del alba para ir a la cancha sagrada donde se efectuará el nguillatún, la gran rogativa que su comunidad celebra una vez cada cuatro años. Aún es de noche y en el mes de octubre hace un frío penetrante. Una leve llovizna cae sobre la tierra húmeda, produciendo una niebla a través de la cual apenas se puede percibir el accidentado paisaje. La anciana camina rápidamente pero con dificultad, intentando sortear los charcos del sendero. Tiene que ayudarse con su bastón y en ocasiones recrimina a sus dos jóvenes ayudantes que tratan de se-guirla. Está preocupada, debe llegar a la cancha antes que des-punte el alba para iniciar la ceremonia que durará dos días completos. La machi tiene 90 años y no sabe si sus fuerzas la acompañarán. Pero el cacique y el nillatufe, especialista en rogativas de Huilío, han convocado a esta reunión y ella tiene que cumplir con su deber. Algo le dice que éste será su último nguillatún.

Al subir la última colina alcanzan a observar en el bajo la cancha con su altar, donde se encuentran el poste sagrado y un enorme toro atado a un tronco. A través de la niebla, perciben también las pequeñas fogatas de las familias que pernoctaron allí, esperando la gran ocasión. Está toda la comunidad reunida en un momento de gran intimidad, pues todavía no comienzan a llegar los invitados. Reciben a su machi con respeto y cariño y le ofrecen un caldo caliente. Ella lo rechaza. Debe iniciar pronto el rito de la primera mañana, el rito del alba. Se ha vestido con el kepam que tejió junto a su madre para su matrimonio, sobre el cual ha prendido las joyas de plata recibidas como dote de su madre y de la madre de su madre. Sobre el pañuelo colorido que se ha amarrado como un turbante, se ha puesto un penacho de plumas que le trajeron de Temuco. Se sienta en una silla que han colocado junto al altar por respeto a su edad y fuma con impaciencia. Ordena que su kultrún, el tambor que la ha acompañado desde hace 60 años, sea colocado cerca del fuego para que su piel se tense y arranque un bello tañido.

Cuando observa que detrás de la niebla comienza a aparecer el resplandor del alba, iluminando la tierra de los nevados volcanes del este, se yergue bruscamente y de modo autoritario pide a una asistente que le pase el kultrún; pone en su mano derecha un aderezo de cascabeles y se dirige hacia esa luz, hacia el lugar sagrado del este, el puel mapu, la tierra azul de los antepasados, más allá de los volcanes. Cierra sus ojos y rodeada del silencio solemne de la comunidad lanza un grito, seguido por un vigoroso redoble de kultrún. Entonces inicia el canto sincopado del pillantún, que invoca a los antepasados. Ellos, los muertos de la comunidad, los padres de los padres y los padres de sus padres, pu laku, los abuelos, han ascendido al sol en forma de aves y moran en el puel mapu. Ellos, los que velan por su pueblo, lo protegerán de la sequía, de enfermedades, multiplicarán las ovejas y ganados, las cosechas y los granos. Protegerán a su linaje. La comunidad debe acordarse siempre de esta vinculación sagrada con los kuifiche, antiguos caciques, antiguas machis del linaje. Deben conservar las costumbres, las vestimentas, el idioma ancestral, todo lo que se les ha dado. De esto dependerá su destino.

De pronto su cántico cambia de tono y ritmo. Golpea enérgicamente el tambor y se convierte en guerrera. Invoca a los antiguos kona o mocetones, a los valientes tokis ancestrales, a los antiguos guerreros para que protejan y defiendan a su pueblo de los engaños y desventuras a que han estado sometidos durante siglos.

En la gran ceremonia de rogativa mapuche, al recordar a sus antepasados a través del pillantún de la machi, la comunidad de Huilío venera a gentes cuyas vidas se pierden en el tiempo: a los cazadores y recolectores milenarios que poblaron esta región y las pampas argentinas, a los primeros ceramistas y horticultores de Pitrén, a los ancestrales pueblos de El Vergel, que enterra-ban sus muertos en vasijas de barro. Sin proponérselo, recuerdan también a los invasores españoles y a los winkas chilenos con los que se han mezclado por siglos. Con estos ritos, los mapuches evocan a antepasados que desconocen, pero a los cuales se sien-ten vitalmente unidos.

La arqueología nos permite viajar al pasado a través de los restos materiales e indagar sobre los antepasados y los orígenes de este pueblo.

El medio ambiente

El territorio que se extiende al sur del río Bío Bío se caracterizó por extensos bosques, con especies caducifolias, que al perder las hojas en invierno, permiten la insolación del suelo, posibilitando el crecimiento de un rico sotobosque, con gran cantidad de hongos, gramíneas y especies arbustivas con frutos comestibles. Antiguamente, este bosque dominaba todo el territorio entre la costa y cordillera, hasta el río Toltén, donde paulatinamente se transformaba en el bosque valdiviano, impenetrable, muy húmedo y siempre verde, poco favorable para el establecimiento del hombre. El bosque caducifolio, sin embargo, avanzaba por el valle central al sur del Toltén, hasta el Maullín, protegido por las cordilleras de los Andes y de la Costa, produciendo condiciones locales atractivas para la ocupa-ción humana, en especial en ambientes lacustres. Hoy, este paisaje está profundamente alterado por el talaje de los bosques, como consecuencia primero de actividades agrícolas y ganaderas y luego por la industria forestal.

Las sociedades humanas que ocuparon esta especial zona del país, se adaptaron desde épocas muy tempranas a este medio ambiente que les entregaba diversas especies de plantas y árboles de excelente calidad, inagotable riqueza de materias primas para la industria, a la vez que importantes recursos silvestres alimenticios y medicinales, que hacían posible vivir en este ambiente de la recolección y la caza, durante todo el año. En la costa de esta región, la presencia del océano Pacífico, al igual que en todo nuestro extenso litoral, produjo condiciones favorables para la permanencia de grupos humanos que aprovecharon y se especializaron en la caza de mamíferos marinos, pesca y recolección de algas y mariscos.

Monte Verde, los primeros descubridores

Durante el Pleistoceno, al finalizar la última glaciación, unas pocas familias se establecieron en Monte Verde, cerca de la actual ciudad de Puerto Montt, hace más de 12 mil años atrás. El paisaje y el clima de este lugar deben haber sido diferentes a los actuales. Los recursos alimentarios también lo eran, puesto que hay evidencias de la existencia de especies desaparecidas. Por ello y por su especial antigüedad, los arqueólogos han calificado a Monte Verde como un sitio del Período Paleoindio, correspondiente a los primeros pueblos que habitaron América.

La gente de Monte Verde vivió en un ambiente boscoso, aprovechando sus recursos madereros para hacer sus habitaciones, que techaban con cueros de animales. Los restos de sus fogatas demuestran que se alimentaban de especies animales hoy extinguidas, entre ellas el mastodonte, un elefante que cazaban con lanzas provistas de rudimentarias puntas de piedra. También recolectaban plantas alimenticias y medicinales de la región, las que preparaban en morteros de madera.

El sitio arqueológico de Monte Verde tiene una de las fechas más tempranas de nuestro continente y evidencia la gran antigüedad de la presencia humana en América. Sus fechas radiocarbónicas de 12 mil 500 años antes de hoy, demuestran que en esta época ya existían pequeños grupos humanos viviendo perfectamente adaptados en el sur de Chile. Si aceptamos que los primeros americanos fueron los que cruzaron de Asia a América por el estrecho de Bering, ¿cuántos años demoraron en llegar de Alaska a esta remota región? Esta y otras interrogantes demuestran lo poco que sabemos sobre este período de las primeras ocupaciones humanas del continente americano. La escasez de evidencias arqueológicas, siempre fragmentarias y por tanto discutibles, contribuye a la actual dificultad de explicar el origen de los diversos pueblos americanos.

Los cazadores y recolectores de Chan Chan y Quillén

Hace unos siete mil años que el paisaje, el clima y las especies animales son más o menos similares a las actuales. Los glaciares se retiraron poco a poco hasta su actual nivel, dejando en nuestro territorio grandes lagunas y lagos al pie de la cordillera de los Andes y entre la cordillera de la costa y el mar. Como consecuencia de estas alteraciones, la temperatura media subió y el ciclo climático dio origen a una estación fría, húmeda y lluviosa, seguida de otra más seca y cálida. Estas nuevas situaciones provocaron la expansión de los bosques y posibilitaron nuevos y diferentes espacios para la ocupación humana.

En nuestra región se conocen muy pocos sitios arqueológicos pertenecientes a esta época, probablemente por falta de una mayor investigación. Lo más seguro es que en el futuro se descubran nuevos sitios que demuestren que el hombre ocupó muchos ambientes costeros para aprovechar de la caza de lobos marinos, pesca y recolección de mariscos y algas, así como también los recursos de recolección de los bosques de la costa. Los ambientes de la llanura central --en esa época cubierta de bosques-- y los lagos de la precordillera también deben haber sido ocupados con alguna intensidad, así como los faldeos de la cordillera andina, donde existía, además del bosque templado, el recurso inigualable de los frutos del pewén o araucaria.

Los pocos datos que tenemos hasta ahora demuestran la coexistencia de dos tradiciones de cazadores. El alero de Quillén, cerca de la actual ciudad de Lautaro, da cuenta de la ocupación del valle central por grupos humanos que cazaban guanacos y recolectaban productos del bosque. Por otra parte, en Chan Chan, sitio costero ubicado al norte de Valdivia, se han encontrado restos de una sociedad que, a juzgar por los restos encon-trados en pequeños fogones, cazaba aves y lobos marinos, pescaba con redes y recolectaba mariscos, a la vez que aprovechaba los recursos del bosque aledaño. La gente de Chan Chan enterraba a sus muertos en posición flectada y los acompañaba de ofrendas como puntas de proyectil e instrumentos de piedra y conchas marinas. Quillén y Chan Chan tienen una antigüedad aproximada de 5 mil años.

Los estudios sobre cazadores recolectores en otras partes del mundo han demostrado que estos grupos se mueven con mucha facilidad de un lugar a otro, aprovechando diferentes ambientes en épocas distintas. Por ello, son muy flexibles en la manera como utilizan los diferentes espacios y desarrollan estrategias de subsistencia variables, dependiendo de los recursos que les interesan. Es muy probable que estas características sean aplicables a los cazadores-recolectores del Centro-Sur de Chile. De hecho, en sus campamentos se han encontrado restos que provienen de lugares muy alejados.

Si aceptamos estos postulados, la historia del hombre en el Centro-Sur de Chile, estaría caracterizada por el reconocimiento del territorio y el desarrollo de diferentes adaptaciones en los diversos ambientes de la costa, el valle central, los lagos precordilleranos y la vertiente occidental de los Andes.

Hasta el siglo pasado, grupos de cazadores se movían por la cordillera de los Andes, persiguiendo manadas de guanacos y ciervos andinos, recolectando los frutos dal pewén y pasando de una vertiente de los Andes a la otra. Estos últimos cazadores mantenían un modo de vida muy similar al de sus remotos antepasados de Quillén.

Ceramistas de Pitrén

A partir de los primeros siglos de nuestra era, en todo el vasto territorio que se extiende entre los ríos Bío Bío y Bueno, entre la costa y la cordillera, se encuentran los cementerios de un pueblo que conocía muy bien la tecnología de la cerámica. Decoraban las piezas con un procedimiento denominado "pintura negativa", también utilizado por sociedades de Chile Central y el Norte Chico en esta misma época. Conocemos tan sólo las tumbas de esta sociedad, en las cuales se han preservado hasta nuestros días únicamente las ofrendas de cerámica. Estas son en algunos casos simples cántaros; otras veces, tienen forma de hombres o animales, tales como patos, ranas o sapos. A este pueblo se le ha dado el nombre de Pitrén, un sitio ubicado en las riberas del Lago Calafquén.

La adaptación de estos grupos a los diferentes ambientes costeros, lacustres, vallunos y cordilleranos, indica que se encontraban largamente afincados en este territorio, sugiriendo que Pitrén tiene raíces muy profundas en las tradiciones de cazadores-recolectores más tempranas, que recibieron innovaciones venidas del norte, tales como la cerámica y probablemente algunos conocimientos de cultivos. Es posible que el maíz y la papa, tan bien adaptada a estas latitudes, hayan sido sembrados en pequeños huertos de temporada, para lo cual era necesario despejar el bosque mediante roces a fuego. La localización de los cementerios, sin embargo, hace pensar que la rica potencialidad de bosque caducifolio como recurso alimentario, la caza y la pesca terrestre y marítima, continuaron siendo la actividad económica fundamental de los pueblos Pitrén.

Pitrén representa un importante momento en la historia de esta región. Por una parte, porque, a juzgar por la industria cerámica, comienzan a producirse en esta época procesos culturales que demuestran etapas muy iniciales de la llegada de innovaciones andinas del norte de Chile. Por la otra, se trata de una sociedad que está en transición entre dos etapas culturales radicalmente diferentes: aquella en que el hombre vive cazando y recolectando, enteramente a expensas de la naturaleza, y aquella otra en que inicia la producción de alimentos.

En la prehistoria americana se ha acostumbrado llamar a la etapa de producción de alimentos con el nombre de Período Agroalfarero, pues en la mayoría de los casos la agricultura aparece asociada a la aparición de la cerámica. Si bien en Pitrén encontramos un desarrollo notable de la cerámica, no hay testimonios de tecnologías agrícolas de gran escala, como son la rotación de cultivos, trabajos de irrigación, fertilización de los suelos, etcétera. Al parecer, esta sociedad sólo cultivaba pequeños huertos de temporada en tierras que despejaba del bosque, trasladando su asentamiento cuando se agotaba el suelo. Este sistema, llamado horticultura, es utilizado hasta el día de hoy por muchos pueblos amazónicos. Es posible que la actividad hortícola reprtesentará para la gente de Pitrén sólo un complemento de los recursos proporcionados por la recolección y la caza, las que probablemente continuaron desempeñando un papel protagónico en la subsistencia de estos grupos humanos.

El pueblo de las urnas: El Verge l

A comienzos del segundo milenio de nuestra era, entre los ríos Bío Bío y Toltén, especialmente en los valles de Angol, aparecen restos arqueológicos de un pueblo profundamente diferente a Pitrén.

Esta región, la más septentrional de nuestro territorio, tiene características muy propias, como su clima benigno, acentuado aquí por la presencia de la cordillera de la costa, que adquiere elevaciones considerables. La llamada cordillera de Nahuelbuta produce un efecto de biombo climático que da al valle central condiciones de especial continentalidad, mayor sequedad y temperaturas mas altas. En este siglo, la potencialidad agrícola de los valles de Angol ha dado fama a esta región por sus rendimientos en las cosechas de trigo.

Precisamente en las cercanías de Angol, en la localidad de El Vergel, se han encontrado numerosas tumbas de una sociedad que enterraba a sus muertos en grandes cántaros o urnas de cerámica, a veces decoradas con pintura blanca y roja. Las ofrendas funerarias consistían en cántaros de cerámica, al menos uno pequeño, también decorado y de una forma muy característica, con un asa-puente que une el cuello de la vasija con su cuerpo. Debido a la humedad y acidez de los suelos, han desaparecido el resto de las ofrendas, en especial los atuendos de los difuntos. Sólo en condiciones muy excepcionales se han podido rescatar fragmentos de textiles, aros y alfileres de cobre y una cuchara de madera. Tal es el caso de Alboyanco, con sus terrenos pantanosos que han impedido la descomposición de los restos orgánicos.

Los cementerios de la gente de El Vergel nunca contienen más de dos o tres tumbas, lo que hace pensar que pertenecen a núcleos familiares pequeños que vivían en caseríos. La localización de los restos de esta sociedad en cercanía a ríos, indica que preferían estos lugares para usarlos en la irrigación de sus huertos, haciendo pequeñas obras de regadío. Al parecer, los grupos El Vergel permanecían un largo tiempo ocupando las mismas tierras, lo que indica un mayor grado de sedentarización de sus asentamientos.

Quedan todavía varios enigmas acerca de la presencia de esta sociedad en un lugar tan acotado de este territorio. No conocemos mucho sobre su forma de vida, puesto que solamente se han excava-do sus tumbas y no los sitios donde estaban sus habitaciones. El enterramiento en urnas es una costumbre sin precedentes en la región, que, probablemente, arriba como producto de vínculos culturales con pueblos de más al norte. Lo mismo puede señalarse de las tecnologías textiles, ya que acusan influencias andinas. Aparentemente, las urnas coexistieron con otras modalidades de entierro, como es el caso de las tumbas en canoas de madera o la simple inhumación.

Esta diversidad en las costumbres mortuorias lleva a preguntarse cómo pudo haber diferencias culturales como éstas en un espacio tan reducido y durante la misma época. Por otra parte, nop se conocen evidencias claras de los avances agrícolas que intuímos. Tampoco sabemos si es en esta etapa cuando se comienzan a amansar a los guanacos, que es el proceso inicial para la domesticación del chiliweke.

Todas estas innovaciones son propias de la historia del desarrollo cultural de los pueblos andinos. Probablemente, El Vergel representó una etapa importante en la "andinización" de las sociedades del sur de Chile, proceso que habría quedado trunco debido a la conquista española.

No hay dudas de que El Vergel tiene hondas raíces en la anterior sociedad Pitrén, a la que termina por absorber. Con todo, mientras El Vergel se establece al sur del Bío Bío, más allá del Toltén, en el sector de los lagos precordilleranos y cordilleranos, Pitrén subsiste hasta la conquista hispana.

Los aucas de Chile

A comienzos del siglo XVI, mientras los conquistadores españoles entraban en los dominios del Inca, tropas del gobernante cuzqueño Huayna Capac, que avanzaban hacia el sur, se encontraron con un pueblo que les opuso tenaz resistencia. Este pueblo colocó un límite al dominio incaico, que no logró pasar mas allá del río Cachapoal. Las incursiones guerreras del Inca probablemente llegaron hasta el río Bío Bío, pero no doblegaron la resistencia de esta sociedad, a la que por sus virtudes guerreras y espíritu belicoso pusieron el nombre de purumaucas o indios aucas de Chile.
Fueron estos mismos aucas o araucanos los que, algunas décadas más tarde, pusieron freno a la conquista hispana y mataron al conquistador de Chile, don Pedro de Valdivia. A fines de ese mismo siglo, destruyeron las ciudades fundadas por los españoles al sur del Bío Bío, fijando un límite al sur del cual conservaron su autonomía por espacio de casi 300 años.
Hoy llamamos mapuche a este pueblo, puesto que ellos se dan esta denominación. Se trata de los descendientes de los antiguos cazadores de Monte Verde, Chan Chan y Quillén, de los pueblos de Pitrén y El Vergel. Además, han incorporado elementos étnicos y culturales de los indígenas cordilleranos y transcordilleranos, con los que mantuvieron estrechos contactos. Por otra parte, la larga relación que mantuvieron con el mundo colonial y después con el Chile republicano, les dejó también herencias de mestizaje importante.
Son ellos los antiku pu che, los antepasados de los actuales mapuches invocados por la machi de Huilío

 

 

 
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EN EL PAIS DE LOS LAGOS, BOSQUES Y VOLCANES
Los antepasados / antiku pu che

Carlos Aldunate del Solar

En las tierras de Huilío, cerca del río Toltén, una anciana machi ha salido de su ruka antes del alba para ir a la cancha sagrada donde se efectuará el nguillatún, la gran rogativa que su comunidad celebra una vez cada cuatro años. Aún es de noche y en el mes de octubre hace un frío penetrante. Una leve llovizna cae sobre la tierra húmeda, produciendo una niebla a través de la cual apenas se puede percibir el accidentado paisaje. La anciana camina rápidamente pero con dificultad, intentando sortear los charcos del sendero. Tiene que ayudarse con su bastón y en ocasiones recrimina a sus dos jóvenes ayudantes que tratan de se-guirla. Está preocupada, debe llegar a la cancha antes que des-punte el alba para iniciar la ceremonia que durará dos días completos. La machi tiene 90 años y no sabe si sus fuerzas la acompañarán. Pero el cacique y el nillatufe, especialista en rogativas de Huilío, han convocado a esta reunión y ella tiene que cumplir con su deber. Algo le dice que éste será su último nguillatún.

Al subir la última colina alcanzan a observar en el bajo la cancha con su altar, donde se encuentran el poste sagrado y un enorme toro atado a un tronco. A través de la niebla, perciben también las pequeñas fogatas de las familias que pernoctaron allí, esperando la gran ocasión. Está toda la comunidad reunida en un momento de gran intimidad, pues todavía no comienzan a llegar los invitados. Reciben a su machi con respeto y cariño y le ofrecen un caldo caliente. Ella lo rechaza. Debe iniciar pronto el rito de la primera mañana, el rito del alba. Se ha vestido con el kepam que tejió junto a su madre para su matrimonio, sobre el cual ha prendido las joyas de plata recibidas como dote de su madre y de la madre de su madre. Sobre el pañuelo colorido que se ha amarrado como un turbante, se ha puesto un penacho de plumas que le trajeron de Temuco. Se sienta en una silla que han colocado junto al altar por respeto a su edad y fuma con impaciencia. Ordena que su kultrún, el tambor que la ha acompañado desde hace 60 años, sea colocado cerca del fuego para que su piel se tense y arranque un bello tañido.

Cuando observa que detrás de la niebla comienza a aparecer el resplandor del alba, iluminando la tierra de los nevados volcanes del este, se yergue bruscamente y de modo autoritario pide a una asistente que le pase el kultrún; pone en su mano derecha un aderezo de cascabeles y se dirige hacia esa luz, hacia el lugar sagrado del este, el puel mapu, la tierra azul de los antepasados, más allá de los volcanes. Cierra sus ojos y rodeada del silencio solemne de la comunidad lanza un grito, seguido por un vigoroso redoble de kultrún. Entonces inicia el canto sincopado del pillantún, que invoca a los antepasados. Ellos, los muertos de la comunidad, los padres de los padres y los padres de sus padres, pu laku, los abuelos, han ascendido al sol en forma de aves y moran en el puel mapu. Ellos, los que velan por su pueblo, lo protegerán de la sequía, de enfermedades, multiplicarán las ovejas y ganados, las cosechas y los granos. Protegerán a su linaje. La comunidad debe acordarse siempre de esta vinculación sagrada con los kuifiche, antiguos caciques, antiguas machis del linaje. Deben conservar las costumbres, las vestimentas, el idioma ancestral, todo lo que se les ha dado. De esto dependerá su destino.

De pronto su cántico cambia de tono y ritmo. Golpea enérgicamente el tambor y se convierte en guerrera. Invoca a los antiguos kona o mocetones, a los valientes tokis ancestrales, a los antiguos guerreros para que protejan y defiendan a su pueblo de los engaños y desventuras a que han estado sometidos durante siglos.

En la gran ceremonia de rogativa mapuche, al recordar a sus antepasados a través del pillantún de la machi, la comunidad de Huilío venera a gentes cuyas vidas se pierden en el tiempo: a los cazadores y recolectores milenarios que poblaron esta región y las pampas argentinas, a los primeros ceramistas y horticultores de Pitrén, a los ancestrales pueblos de El Vergel, que enterra-ban sus muertos en vasijas de barro. Sin proponérselo, recuerdan también a los invasores españoles y a los winkas chilenos con los que se han mezclado por siglos. Con estos ritos, los mapuches evocan a antepasados que desconocen, pero a los cuales se sien-ten vitalmente unidos.

La arqueología nos permite viajar al pasado a través de los restos materiales e indagar sobre los antepasados y los orígenes de este pueblo.

El medio ambiente

El territorio que se extiende al sur del río Bío Bío se caracterizó por extensos bosques, con especies caducifolias, que al perder las hojas en invierno, permiten la insolación del suelo, posibilitando el crecimiento de un rico sotobosque, con gran cantidad de hongos, gramíneas y especies arbustivas con frutos comestibles. Antiguamente, este bosque dominaba todo el territorio entre la costa y cordillera, hasta el río Toltén, donde paulatinamente se transformaba en el bosque valdiviano, impenetrable, muy húmedo y siempre verde, poco favorable para el establecimiento del hombre. El bosque caducifolio, sin embargo, avanzaba por el valle central al sur del Toltén, hasta el Maullín, protegido por las cordilleras de los Andes y de la Costa, produciendo condiciones locales atractivas para la ocupa-ción humana, en especial en ambientes lacustres. Hoy, este paisaje está profundamente alterado por el talaje de los bosques, como consecuencia primero de actividades agrícolas y ganaderas y luego por la industria forestal.

Las sociedades humanas que ocuparon esta especial zona del país, se adaptaron desde épocas muy tempranas a este medio ambiente que les entregaba diversas especies de plantas y árboles de excelente calidad, inagotable riqueza de materias primas para la industria, a la vez que importantes recursos silvestres alimenticios y medicinales, que hacían posible vivir en este ambiente de la recolección y la caza, durante todo el año. En la costa de esta región, la presencia del océano Pacífico, al igual que en todo nuestro extenso litoral, produjo condiciones favorables para la permanencia de grupos humanos que aprovecharon y se especializaron en la caza de mamíferos marinos, pesca y recolección de algas y mariscos.

Monte Verde, los primeros descubridores

Durante el Pleistoceno, al finalizar la última glaciación, unas pocas familias se establecieron en Monte Verde, cerca de la actual ciudad de Puerto Montt, hace más de 12 mil años atrás. El paisaje y el clima de este lugar deben haber sido diferentes a los actuales. Los recursos alimentarios también lo eran, puesto que hay evidencias de la existencia de especies desaparecidas. Por ello y por su especial antigüedad, los arqueólogos han calificado a Monte Verde como un sitio del Período Paleoindio, correspondiente a los primeros pueblos que habitaron América.

La gente de Monte Verde vivió en un ambiente boscoso, aprovechando sus recursos madereros para hacer sus habitaciones, que techaban con cueros de animales. Los restos de sus fogatas demuestran que se alimentaban de especies animales hoy extinguidas, entre ellas el mastodonte, un elefante que cazaban con lanzas provistas de rudimentarias puntas de piedra. También recolectaban plantas alimenticias y medicinales de la región, las que preparaban en morteros de madera.

El sitio arqueológico de Monte Verde tiene una de las fechas más tempranas de nuestro continente y evidencia la gran antigüedad de la presencia humana en América. Sus fechas radiocarbónicas de 12 mil 500 años antes de hoy, demuestran que en esta época ya existían pequeños grupos humanos viviendo perfectamente adaptados en el sur de Chile. Si aceptamos que los primeros americanos fueron los que cruzaron de Asia a América por el estrecho de Bering, ¿cuántos años demoraron en llegar de Alaska a esta remota región? Esta y otras interrogantes demuestran lo poco que sabemos sobre este período de las primeras ocupaciones humanas del continente americano. La escasez de evidencias arqueológicas, siempre fragmentarias y por tanto discutibles, contribuye a la actual dificultad de explicar el origen de los diversos pueblos americanos.

Los cazadores y recolectores de Chan Chan y Quillén

Hace unos siete mil años que el paisaje, el clima y las especies animales son más o menos similares a las actuales. Los glaciares se retiraron poco a poco hasta su actual nivel, dejando en nuestro territorio grandes lagunas y lagos al pie de la cordillera de los Andes y entre la cordillera de la costa y el mar. Como consecuencia de estas alteraciones, la temperatura media subió y el ciclo climático dio origen a una estación fría, húmeda y lluviosa, seguida de otra más seca y cálida. Estas nuevas situaciones provocaron la expansión de los bosques y posibilitaron nuevos y diferentes espacios para la ocupación humana.

En nuestra región se conocen muy pocos sitios arqueológicos pertenecientes a esta época, probablemente por falta de una mayor investigación. Lo más seguro es que en el futuro se descubran nuevos sitios que demuestren que el hombre ocupó muchos ambientes costeros para aprovechar de la caza de lobos marinos, pesca y recolección de mariscos y algas, así como también los recursos de recolección de los bosques de la costa. Los ambientes de la llanura central --en esa época cubierta de bosques-- y los lagos de la precordillera también deben haber sido ocupados con alguna intensidad, así como los faldeos de la cordillera andina, donde existía, además del bosque templado, el recurso inigualable de los frutos del pewén o araucaria.

Los pocos datos que tenemos hasta ahora demuestran la coexistencia de dos tradiciones de cazadores. El alero de Quillén, cerca de la actual ciudad de Lautaro, da cuenta de la ocupación del valle central por grupos humanos que cazaban guanacos y recolectaban productos del bosque. Por otra parte, en Chan Chan, sitio costero ubicado al norte de Valdivia, se han encontrado restos de una sociedad que, a juzgar por los restos encon-trados en pequeños fogones, cazaba aves y lobos marinos, pescaba con redes y recolectaba mariscos, a la vez que aprovechaba los recursos del bosque aledaño. La gente de Chan Chan enterraba a sus muertos en posición flectada y los acompañaba de ofrendas como puntas de proyectil e instrumentos de piedra y conchas marinas. Quillén y Chan Chan tienen una antigüedad aproximada de 5 mil años.

Los estudios sobre cazadores recolectores en otras partes del mundo han demostrado que estos grupos se mueven con mucha facilidad de un lugar a otro, aprovechando diferentes ambientes en épocas distintas. Por ello, son muy flexibles en la manera como utilizan los diferentes espacios y desarrollan estrategias de subsistencia variables, dependiendo de los recursos que les interesan. Es muy probable que estas características sean aplicables a los cazadores-recolectores del Centro-Sur de Chile. De hecho, en sus campamentos se han encontrado restos que provienen de lugares muy alejados.

Si aceptamos estos postulados, la historia del hombre en el Centro-Sur de Chile, estaría caracterizada por el reconocimiento del territorio y el desarrollo de diferentes adaptaciones en los diversos ambientes de la costa, el valle central, los lagos precordilleranos y la vertiente occidental de los Andes.

Hasta el siglo pasado, grupos de cazadores se movían por la cordillera de los Andes, persiguiendo manadas de guanacos y ciervos andinos, recolectando los frutos dal pewén y pasando de una vertiente de los Andes a la otra. Estos últimos cazadores mantenían un modo de vida muy similar al de sus remotos antepasados de Quillén.

Ceramistas de Pitrén

A partir de los primeros siglos de nuestra era, en todo el vasto territorio que se extiende entre los ríos Bío Bío y Bueno, entre la costa y la cordillera, se encuentran los cementerios de un pueblo que conocía muy bien la tecnología de la cerámica. Decoraban las piezas con un procedimiento denominado "pintura negativa", también utilizado por sociedades de Chile Central y el Norte Chico en esta misma época. Conocemos tan sólo las tumbas de esta sociedad, en las cuales se han preservado hasta nuestros días únicamente las ofrendas de cerámica. Estas son en algunos casos simples cántaros; otras veces, tienen forma de hombres o animales, tales como patos, ranas o sapos. A este pueblo se le ha dado el nombre de Pitrén, un sitio ubicado en las riberas del Lago Calafquén.

La adaptación de estos grupos a los diferentes ambientes costeros, lacustres, vallunos y cordilleranos, indica que se encontraban largamente afincados en este territorio, sugiriendo que Pitrén tiene raíces muy profundas en las tradiciones de cazadores-recolectores más tempranas, que recibieron innovaciones venidas del norte, tales como la cerámica y probablemente algunos conocimientos de cultivos. Es posible que el maíz y la papa, tan bien adaptada a estas latitudes, hayan sido sembrados en pequeños huertos de temporada, para lo cual era necesario despejar el bosque mediante roces a fuego. La localización de los cementerios, sin embargo, hace pensar que la rica potencialidad de bosque caducifolio como recurso alimentario, la caza y la pesca terrestre y marítima, continuaron siendo la actividad económica fundamental de los pueblos Pitrén.

Pitrén representa un importante momento en la historia de esta región. Por una parte, porque, a juzgar por la industria cerámica, comienzan a producirse en esta época procesos culturales que demuestran etapas muy iniciales de la llegada de innovaciones andinas del norte de Chile. Por la otra, se trata de una sociedad que está en transición entre dos etapas culturales radicalmente diferentes: aquella en que el hombre vive cazando y recolectando, enteramente a expensas de la naturaleza, y aquella otra en que inicia la producción de alimentos.

En la prehistoria americana se ha acostumbrado llamar a la etapa de producción de alimentos con el nombre de Período Agroalfarero, pues en la mayoría de los casos la agricultura aparece asociada a la aparición de la cerámica. Si bien en Pitrén encontramos un desarrollo notable de la cerámica, no hay testimonios de tecnologías agrícolas de gran escala, como son la rotación de cultivos, trabajos de irrigación, fertilización de los suelos, etcétera. Al parecer, esta sociedad sólo cultivaba pequeños huertos de temporada en tierras que despejaba del bosque, trasladando su asentamiento cuando se agotaba el suelo. Este sistema, llamado horticultura, es utilizado hasta el día de hoy por muchos pueblos amazónicos. Es posible que la actividad hortícola reprtesentará para la gente de Pitrén sólo un complemento de los recursos proporcionados por la recolección y la caza, las que probablemente continuaron desempeñando un papel protagónico en la subsistencia de estos grupos humanos.

El pueblo de las urnas: El Verge l

A comienzos del segundo milenio de nuestra era, entre los ríos Bío Bío y Toltén, especialmente en los valles de Angol, aparecen restos arqueológicos de un pueblo profundamente diferente a Pitrén.

Esta región, la más septentrional de nuestro territorio, tiene características muy propias, como su clima benigno, acentuado aquí por la presencia de la cordillera de la costa, que adquiere elevaciones considerables. La llamada cordillera de Nahuelbuta produce un efecto de biombo climático que da al valle central condiciones de especial continentalidad, mayor sequedad y temperaturas mas altas. En este siglo, la potencialidad agrícola de los valles de Angol ha dado fama a esta región por sus rendimientos en las cosechas de trigo.

Precisamente en las cercanías de Angol, en la localidad de El Vergel, se han encontrado numerosas tumbas de una sociedad que enterraba a sus muertos en grandes cántaros o urnas de cerámica, a veces decoradas con pintura blanca y roja. Las ofrendas funerarias consistían en cántaros de cerámica, al menos uno pequeño, también decorado y de una forma muy característica, con un asa-puente que une el cuello de la vasija con su cuerpo. Debido a la humedad y acidez de los suelos, han desaparecido el resto de las ofrendas, en especial los atuendos de los difuntos. Sólo en condiciones muy excepcionales se han podido rescatar fragmentos de textiles, aros y alfileres de cobre y una cuchara de madera. Tal es el caso de Alboyanco, con sus terrenos pantanosos que han impedido la descomposición de los restos orgánicos.

Los cementerios de la gente de El Vergel nunca contienen más de dos o tres tumbas, lo que hace pensar que pertenecen a núcleos familiares pequeños que vivían en caseríos. La localización de los restos de esta sociedad en cercanía a ríos, indica que preferían estos lugares para usarlos en la irrigación de sus huertos, haciendo pequeñas obras de regadío. Al parecer, los grupos El Vergel permanecían un largo tiempo ocupando las mismas tierras, lo que indica un mayor grado de sedentarización de sus asentamientos.

Quedan todavía varios enigmas acerca de la presencia de esta sociedad en un lugar tan acotado de este territorio. No conocemos mucho sobre su forma de vida, puesto que solamente se han excava-do sus tumbas y no los sitios donde estaban sus habitaciones. El enterramiento en urnas es una costumbre sin precedentes en la región, que, probablemente, arriba como producto de vínculos culturales con pueblos de más al norte. Lo mismo puede señalarse de las tecnologías textiles, ya que acusan influencias andinas. Aparentemente, las urnas coexistieron con otras modalidades de entierro, como es el caso de las tumbas en canoas de madera o la simple inhumación.

Esta diversidad en las costumbres mortuorias lleva a preguntarse cómo pudo haber diferencias culturales como éstas en un espacio tan reducido y durante la misma época. Por otra parte, nop se conocen evidencias claras de los avances agrícolas que intuímos. Tampoco sabemos si es en esta etapa cuando se comienzan a amansar a los guanacos, que es el proceso inicial para la domesticación del chiliweke.

Todas estas innovaciones son propias de la historia del desarrollo cultural de los pueblos andinos. Probablemente, El Vergel representó una etapa importante en la "andinización" de las sociedades del sur de Chile, proceso que habría quedado trunco debido a la conquista española.

No hay dudas de que El Vergel tiene hondas raíces en la anterior sociedad Pitrén, a la que termina por absorber. Con todo, mientras El Vergel se establece al sur del Bío Bío, más allá del Toltén, en el sector de los lagos precordilleranos y cordilleranos, Pitrén subsiste hasta la conquista hispana.

Los aucas de Chile

A comienzos del siglo XVI, mientras los conquistadores españoles entraban en los dominios del Inca, tropas del gobernante cuzqueño Huayna Capac, que avanzaban hacia el sur, se encontraron con un pueblo que les opuso tenaz resistencia. Este pueblo colocó un límite al dominio incaico, que no logró pasar mas allá del río Cachapoal. Las incursiones guerreras del Inca probablemente llegaron hasta el río Bío Bío, pero no doblegaron la resistencia de esta sociedad, a la que por sus virtudes guerreras y espíritu belicoso pusieron el nombre de purumaucas o indios aucas de Chile.
Fueron estos mismos aucas o araucanos los que, algunas décadas más tarde, pusieron freno a la conquista hispana y mataron al conquistador de Chile, don Pedro de Valdivia. A fines de ese mismo siglo, destruyeron las ciudades fundadas por los españoles al sur del Bío Bío, fijando un límite al sur del cual conservaron su autonomía por espacio de casi 300 años.
Hoy llamamos mapuche a este pueblo, puesto que ellos se dan esta denominación. Se trata de los descendientes de los antiguos cazadores de Monte Verde, Chan Chan y Quillén, de los pueblos de Pitrén y El Vergel. Además, han incorporado elementos étnicos y culturales de los indígenas cordilleranos y transcordilleranos, con los que mantuvieron estrechos contactos. Por otra parte, la larga relación que mantuvieron con el mundo colonial y después con el Chile republicano, les dejó también herencias de mestizaje importante.
Son ellos los antiku pu che, los antepasados de los actuales mapuches invocados por la machi de Huilío

 

 

 
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