EL NORTE GRANDE EN LA PREHISTORIA
DONDE EL AGUA ES ORO
José Berenguer Rodríguez
En los más de mil kilómetros que separan Arica del valle de Copiapó, el altiplano, el desierto y la costa del Norte Grande de Chile son una conjunción de ambientes tan extremos y contrastados, como si estuvieran juntos los Himalayas, el Sahara y el mar de Bering. Es el desierto, sin embargo, su rasgo geográfico más sobresaliente. Ningún otro lugar en el mundo es más seco y desolado. Las lluvias son casi inexistentes y sus pocos ríos son escuálidos hilillos de agua que apenas llegan al océano, cuando no desaparecen antes, evaporados en la atmósfera o tragados por este enorme territorio de arenas, rocas y sal. La investigación arqueológica, no obstante, demuestra que esta porción del país no fue siempre un yermo, ya que la vida humana ha florecido allí desde al menos 11 milenios.
Los primeros nortinos
Durante la última glaciación, el Norte Grande era algo diferente a lo que es hoy en día. El mar estaba casi 150 metros por debajo del nivel actual, las temperaturas era sensiblemente más bajas y las lluvias en la cordillera eran mucho más frecuentes. Algunos de los salares eran entonces lagos rodeados de una vegetación de estepa, donde merodeaban manadas de caballos salvajes, megaterios y paleolamas. No es improbable que algunos grupos humanos adaptados a este clima, vivieran de la caza de estos grandes herbívoros hoy extinguidos. Sin embargo, los restos de esos cazadores primordiales, conocidos en otras partes de Chile y América como Paleoindios, no han sido aún localizados por los arqueólogos.
Desde hace unos 11 mil años, se fue imponiendo gradualmente un clima más cálido y más árido. El largo período de ocupación humana que comenzó en esta época se conoce como Arcaico y se caracteriza por una economía de simple apropiación de los recursos de subsistencia por medio de la caza, la pesca y la recolección.
En el altiplano de la Región de Tarapacá, las comunidades del Arcaico Temprano basaron su subsistencia en la caza de vicuñas, ciervos como la taruka o huemul nortino, y diversas especies de roedores y aves. Entre 10 mil y 8 mil años atrás, pequeños grupos de cazadores-recolectores habitaban numerosas cuevas y abrigos rocosos, distribuyéndose entre la alta puna y las quebradas adyacentes. Basuras dejadas por estos antiguos tarapaqueños han sido encontrados en los sedimentos más profundos de abrigos rocosos localizados en las tierras altas de Arica, tales como Tojo-Tojones, Las Cuevas, Puxuma, Hakenasa y Patapatane. Esta gente no necesitaba alejarse mucho de sus campamentos para conseguir los recursos que posibilitaban la vida. Les bastaban cortos viajes a la alta punta en verano y a las quebradas vecinas en invierno.
Por mucho tiempo, estos cazadores-recolectores de altura hicieron esporádicas incursiones a la costa, pero sólo comenzaron un persistente proceso de adaptación al litoral del Pacífico hacia 6 mil a.C. Se piensa que esta migración fue estimulada por la variación del clima altiplánico hacia condiciones más cálidas y secas que las que habían prevalecido hasta entonces, lo se que habría traducido en una disminución de los recursos en tierras altas.
Varios asentamientos humanos de este período han sido descubiertos en algunos pisos ecológicos intermedios entre la puna y la costa. En Tiliviche, una oasis situado a unos 40 kilómetros al interior de Pisagua, grupos de cazadores-recolectores habitaron el lugar entre 8 mil y 4 mil a.C. En los alrededores recolectaban raíces de totora y vainas de tamarugos y algarrobo, procesándolas en artefactos de molienda. Las basuras de Tiliviche contienen corontas y granos de maíz, indicando una temprana disponibilidad de esta planta, posiblemente domesticada en otra parte. También incluyen productos traídos del litoral.
La explotación del mar se limitaba únicamente a la recolección de mariscos en los roqueríos y a la captura de peces que se internaban en las pozas dejadas por la baja marea. Hacia el 4 mil a.C., sin embargo, los grupos asentados en la costa ya habían desarrollado técnicas para capturar peces desde las profundidades. Utilizaban para esto ingeniosos anzuelos hechos con conchas de choros, provistos de plomadas. Usaban también redes y una serie de objetos elaborados con fibras vegetales.
A este período pertenecen sitios como Quiani, un basural localizado en una playa al sur de Arica y Camarones-14, un sitio habitacional y cementerio emplazados sobre una de las terrazas fluviales de la desembocadura del valle de Camarones. En los alrededores de este último sitio, familias de pescadores cazaron lobos marinos, atraparon peces y recolectaron mariscos. En este lugar, los arqueólogos han recuperado las evidencias más antiguas de momificación artificial en el mundo, conocida como Chinchorro , por haberse descubierto por primera vez en la playa ariqueña de este nombre. Un posible antecedente es Acha, un sitio de más de 8 mil años de antigüedad localizado en el valle de Azapa, que aunque no presenta este tipo de momificación, es considerado por algunos arqueólogos como los inicios de la tradición Chinchorro. A partir del 5 mil a.C., esta sofisticada práctica funeraria se extendía por el litoral desde Ilo, en Perú, hasta Iquique. El procedimiento de momificación consistía en la extracción de los músculos y las vísceras del difunto, los que eran sustituidos por vegetales, plumas, trozos de cuero, vellones de lana y otros materiales. Luego, el cuerpo era cubierto con una capa de arcilla. Con pelo humano confeccionaban una peluca que colocaban en la cabeza del finado. Esta práctica alcanzó su clímax hacia el 3 mil a.C. y comenzó a simplificarse hacia el 2 mil a.C., conservándose en su etapa terminal tan sólo el uso de mascarillas de barro. De este último período de cazadores-recolectores tarapaqueños, perduran anzuelos hechos con espinas de cactus, arpones, cestería, mantas de lana y cuero de guanaco, entre otros objetos.
Cerca de la ciudad de Antofagasta, en la quebrada de Las Conchas, se descubrió un gran basural dejado por cazadores-recolectores marinos hace poco más de 9 mil años. En el lugar, se conservaron abundantes conchas de moluscos, así como huesos de peces, lobos marinos, cetáceos, aves, roedores y guanacos. Las basuras incluyen instrumentos de piedra para cazar animales y faenarlos, así como artefactos de molienda. Hay también una curiosas piedras geométricas, de función desconocida, que son muy similares a otras encontradas en Huentelauquén, un sitio del Norte Chico situado junto al río Choapa.
En el interior de la Región de Antofagasta, al este y sureste de la actual ciudad de Calama, grupos del período Arcaico Temprano, denominados Tuina, vivieron entre 9 mil y 7 mil 500 años a.C., en cuevas como las de San Lorenzo, Chulqui y Tuina, en las proximidades de aguadas y quebradas con forraje, cazando camélidos silvestres con dardos provistos de puntas triangulares. Ocupaban también las orillas de las lagunas de la puna.
Poco conocida es la siguiente etapa que se extiende entre 7 mil 500 y 4 mil años a.C., y que coincide con una gran aridez en toda la región. Los cazadores-recolectores del período Arcaico Medio ya no ocupaban las cuevas como lugares de habitación. Construían viviendas semisubterráneas con muros de piedra y planta circular, configurando pequeños campamentos al aire libre. Uno de estos campamentos estuvo emplazado a unos 27 kilómetros al sur de San Pedro de Atacama, virtualmente en la orilla del Salar de Atacama, en la vega de Tambillo, lugar que ha servido para dar nombre a la gente de esta etapa. En primavera y verano, miembros de las comunidades Tambillo subían hasta la alta cordillera para cazar vicuñas, guanacos y suris o avestruces andinas, así como para proveerse de rocas volcánicas con las que manufacturaban cuchillos, perforadores, puntas de proyectil y otros instrumentos. El resto del año, cazaban aves y roedores en las inmediaciones del salar. En morteros de piedra de cavidad cónica molían frutos que recolectaban en las arboledas de los oasis. Otros grupos Tambillo se concentraban al norte del salar, donde avalanchas de lodo y piedras habían cerrado la quebrada de Puripica y formado una laguna. Con recursos tan localizados, en un período de máxima aridez, se produjo una activa interacción entre camélidos y hombres. El éxito del estilo de vida arcaico es más claro después de 4 mil a.C., cuando se multiplican los campamentos en torno a lagos, arroyos y oasis de pie de puna.
Cuando esto ocurría en Antofagasta, los cazadores-recolectores de la puna ariqueña mantenían circuitos de movilidad estacional. Uno de dichos grupos se cobijó por un tiempo en la cueva de Patapatane hacia 3 mil años a.C. Dejaron allí un fragmento de roca pintada con tres figuras humanas junto a algunos ejemplares de ullucu e isañó, tubérculos de altura que podrían estar documentando una temprana domesticación de estas plantas en algún lugar del altiplano.
Entre 3 mil y 2 mil años a.C., en el período Arcaico Tardío, grupos de sectores aledaños a la cordillera de Antofagasta empiezan a levantar sus campamentos-base en alturas moderadas de las quebradas. Aprovechaban allí las vertientes y zonas húmedas, ricas en forraje, donde pululaban camélidos salvajes, así como las canteras donde se proveían de materias primas para confeccionar instrumentos de piedra denominados "microlitos", tales como diminutos buriles, perforadores, raspadores y raederas. Para las cacerías, manufacturaban diversos tipos de puntas de proyectil, principalmente en forma de hojas de laurel. Hacían también diferentes tipos de cuchillos para faenar las presas cazadas. En primavera y verano, organizaban grupos que subían a la alta cordillera para cazar vicuñas y proveerse de obsidiana, desde donde descendían cuando se iniciaba el frío invierno altiplánico, que hace imposible la vida humana en la dura puna atacameña. En el intertanto, otros grupos bajaban a las vegas y lagunas del salar, y a los oasis donde crecían bosques de algarrobos y chañares que proporcionaban los frutos que integraban su dieta vegetal. Al igual que en la etapa Tambillo, estos campamentos-base eran aglomeraciones de recintos semisubterráneos con muros de piedra y planta circular, pero ahora había una gran cantidad de ellos y consistían de un mayor número de estructuras.
En el confín sur del Salar de Atacama, los grupos Tulán parecen haberse contentado con la caza de camélidos salvajes y la recolección de plantas. Al norte del salar, sin embargo, las comunidades Puripica comenzaban a domesticar camélidos y reunirlos en rebaños para proveerse así de carne y lana en forma más segura. No obstante, continuaban cazando camélidos silvestres y recolectando productos vegetales.
A fines del tercer milenio a.C., las comunidades tipo Puripica ocupaban casi todas las quebradas del interior de Antofagasta, alcanzando por el norte hasta los cursos medio y superior del río Loa, donde se les conoce como Chiuchiu. Decenas de campamentos de estos cazadores-domesticadores de vida semisedentaria han sido encontrados en el oasis de este nombre. Unos 35 kilométros al norte, en el Alto Loa, emplazaban sus campamentos de verano junto a las vegas y a orilla de pequeñas y efímeras lagunas, formadas por represamientos del río producidos por erupciones volcánicas. Períodos de sequía, con dramática disminución de aves, pastos y vegetales recolectables, habrían llevado a estos antiguos antofagastinos a intensificar tanto la crianza de camélidos domésticos como el cultivo de algunas plantas comestibles, así como a desplazarse periódicamente a lugares distantes de sus bases residenciales, en busca de recursos para su subsistencia. Precisamente, en Caleta Huelén, en la desembocadura del río Loa, los arqueólogos han encontrado una densa aglomeración de recintos semisubterráneos que son similares a los de Tulán, Puripica y Chiuchiu. La presencia de obsidianas y plumas de aves cordilleranas en esta temprana aldea costera y de conchas de moluscos del Pacífico en los asentamientos del interior, sugieren la existencia de un activo tráfico de bienes entre mar y cordillera.
Durante más de seis milenios, los primeros nortinos mantuvieron un estilo de vida basado en la mera apropiación de los recursos de subsistencia. Paulatinamente, sin embargo, lograron adaptarse a las diferentes y cambiantes condiciones ambientales que caracterizaron al altiplano, el desierto y la costa del Norte Grande durante la era posglacial. En las postrimerías de este largo proceso de adaptación, los grupos arcaicos ocupaban ya casi todos los nichos ecológicos apropiados para la vida humana, se hallaban experimentando con la domesticación de animales y plantas, y estaban adoptando un modo de vida cada vez más sedentario.
Los aldeanos del desierto
Al comienzo del segundo milenio antes de nuestra era, las poblaciones de cazadores-recolectores del Norte Grande incorporaron a su dieta algunas plantas domesticadas. Aunque la presencia de estos incipientes cultivos no modificó sustantivamente su estilo de vida, constituyen éstos el primer antecedente de un cambio económico que cristalizaría mil años más tarde con la producción de alimentos. El período que comenzaba es conocido por los arqueólogos como Formativo.
Restos arqueológicos de algunos de los primeros horticultores de la Región de Tarapacá han sido encontrados en el valle de Azapa. Estos antiguos campesinos ariqueños vivieron en sencillas habitaciones de totora, subsistiendo del cultivo de zapallos, calabazas, achiras, ajices, porotos, quinua y maíz. Recolectaban también vainas de algarrobo y obtenían diversos productos del mar. La gente de Azapa estaba en posesión de una serie de nuevos adelantos. Elaboraban una cerámica monocroma cuya pasta contiene inclusiones vegetales y conocían los rudimentos de la metalurgia del cobre, dos innovaciones técnicas que acusan conexiones culturales con grupos aldeanos más avanzados radicados en el altiplano de Bolivia. Merced a los restos humanos encontrados en los cementerios, se sabe que estos individuos cubrían sus cabezas con gruesas madejas de lana, a modo de turbantes, por lo que se les conoce génericamente como "enturbantados". Utilizaban, además, cobertores públicos y acostumbraban adornar sus tobillos y muñecas con cintas de lana de las que colgaban cuentas de hueso y semillas. El resto de su vestuario indica que eran muy hábiles tejedores.
En esta temprana época del período Formativo, otro grupo de enturbantados habitaba en los alrededores del Morro de Arica. Se trata principalmente de pescadores que poseían una sofisticada tecnología para explotar los recursos marinos. Al igual que sus vecinos de valle adentro, la gente del Morro utilizaba cerámica hecha con temperante vegetal, elaboraban canastos decorados con diseños geométricos y ornamentaban calabazas con diseños de aves y otros motivos grabados a fuego. También hilaban lana de llama y confeccionaban textiles, combinando colores como el azul, el rojo y diversas tonalidades de café. Es con estas antiguas poblaciones de enturbantados cuando empieza a popularizarse en el Norte Grande la práctica de inhalar polvos psicoactivos por la nariz.
Siempre en el valle de Azapa, alrededor de 500 a.C., un grupo de enturbantados vivió del cultivo del maíz, el ají, la mandioca, la quinua, el poroto y el camote. Se conoce a esta gente como Alto Ramírez. Explotaban los recursos del mar y cazaban animales terrestres con dardos arrojados mediante un ingenioso propulsor de madera, denominado estólica. Solían enterrar a sus muertos en montículos formados por diversas capas de barro y fibras vegetales. Se piensa que la comunidades Alto Ramírez mantuvieron relaciones muy estrechas con grupos del altiplano peruano-boliviano. En efecto, los diseños de cabezas humanas cortadas, que decoran sus finos tejidos multicolores, son muy similares a los representados en la cerámica y en las esculturas de piedra de la cultura Pukara, un prestigioso señorío que tuvo su centro político en el norte del Lago Titicaca, desde donde irradió su influencia cultural sobre diversas regiones de los Andes Centro-Sur.
Las comunidades tipo Alto Ramírez se esparcieron por la costa y el interior de las regiones de Tarapacá y Antofagasta, dondequiera que hubiese suficiente agua para la vida humana y para el cultivo de plantas comestibles. Múltiples cementerios de enturbantados, que estuvieron en actividad hasta bien entrado el primer milenio de nuestra era, han sido descubiertos en la quebrada de Camarones, en Pisagua, en Guatacondo, en la boca del río Loa e incluso en Cobija.
En la región de Antofagasta, se ignora aún cómo se produce la transición entre las últimas comunidades arcaicas tipo Puripica/Chiuchiu y la siguiente etapa del desarrollo cultural, denominada Tilocalar. Hacia 1200 a.C., sin embargo, y en coincidencia con un período de mayor humedad, los arqueólogos han identificado unos pocos asentamientos de esta nueva etapa en la quebrada de Tulán y en el pequeño oasis de Tilocalar. Se trata de aglomeraciones de recintos de piedra circundadas por un muro, cubiertas de gruesas capas de basura, desechos originados en la manufactura de instrumentos de piedra, cenizas dejadas por los fogones de cocina y otros restos cuya densidad acusa una vida más estable y sedentaria que en la etapa anterior. Pese a que la caza y la recolecta siguen siendo importantes, la localización de estos asentamientos tanto junto a los pastos de las quebradas como en los oasis de pie de puna, indica que el énfasis de la economía de los grupos Tilocalar estaba ahora en una estrategia mixta de crianza de llamas y de cultivo en huertas de maíz, papas, quinua y calabazas.
Fragmentos de cerámica corrugada, es decir, elaborada con tiras de greda superpuestas, así como de cerámica decorada con modelados y líneas incisas, presentes en Tilocalar, Poconche y otros sitios de ambos lados de la cordillera, sugieren que estas comunidades agroganaderas estaban en contacto con gente de una amplia área, incluyendo comunidades de otros oasis antofagastinos, del altiplano meridional de Bolivia y del noroeste argentino. El equipo material de las comunidades Tilocalar comprendía también artefactos de cobre y oro, vasos de piedra, cestería y una sencilla cerámica gris pulida gruesa, que es el antecedente más directo de la bella cerámica gris y negra que florecerá en la región en las etapas siguientes.
La etapa Tilocalar ha sido reconocida en el río Loa hacia el 1000 a.C. Se trata de una extensa aldea con recintos semisubterráneos, localizada en el oasis de Chiuchiu. Los huesos de camélidos silvestres encontrados en sus basuras muestran que la caza de guanacos continuaba siendo una actividad importante, pero hay también huesos de dos diferentes tipos de camélidos domésticos: una llama pequeña, posiblemente proveedora de carne para el consumo y de lana para confeccionar textiles, y otra más corpulenta, probablemente empleada como bestia de carga para el tráfico de caravanas. Entre los hallazgos de esta aldea destacan modestas artesanías tales como canastos y vasijas de cerámica corrugada, incisa o modelada.
A pesar de que las comunidades Tilocalar tenían sus asentamientos principales en los oasis de pie de puna, en el verano algunos grupos acostumbraban subir con sus rebaños de llamas a las quebradas y a la alta cordillera, para aprovechar los nutritivos pastos que brotan con las lluvias estivales.
Lentamente, comenzaban a frecuentar las cuencas lacustres de altura, como las lagunas Meniques y Miscanti, tal como lo habían hecho anteriormente sus antecesores del Arcaico Temprano. En esas incursiones, obtenían productos propios de zonas altas, como ser vidrios volcánicos para manufacturar armas y herramientas, huevos y plumas de parinas o flamencos andinos, así como la lana de vicuña, y pelo de vizcacha y chinchilla para confeccionar prendar de vestir, bolsas y otras piezas textiles.
Mientras la población fue pequeña, cada oasis, por diminuto que fuese, se prestó bien para que los pastores de las quebradas cultivaran allí sus huertos y complementaran así su dieta de proteínas animales con los indispensables carbohidratos proporcionados por los productos vegetales. A la larga, empero, fueron los oasis más grandes y con mayor provisión de agua, como San Pedro de Atacama, Chiuchiu y Toconao, los que presentaron mayores posibilidades para la agricultura de más amplia escala, para el crecimiento de la población y para el asentamiento estable en aldeas. Es allí dónde se gestó la cultura San Pedro.
La primera etapa de esta cultura, que se extiende entre 400 y 100 a.C., se conoce como Toconao, porque en ese oasis se encontraron las primeras ofrendas funerarias que la caracterizan. Destacan sus grandes vasijas rojo y negro pulidas, que incluyen vasos, botellas y urnas con aplicaciones al pastillaje y rostros antropomorfos modelados. Pero es en el ayllu o parcialidad de Túlor donde se pueden conocer mejor los detalles de la vida diaria de la gente de esta etapa del desarrollo atacameño. Túlor es una densa aglomeración de recintos de planta circular y muros de barro de forma abovedada, conectados por una infinidad de patios y pasadizos.
A comienzos de la etapa Séquitor, entre 100 a.C. y 400 d.C., había ya varias aldeas parecidas a la de Túlor en Coyo, Béter y otros ayllus de San Pedro de Atacama. Esta gente confeccionaba finas botellas con rostros antropomorfos naturalistas modelados en el cuello, escudillas, vasos y otras vasijas de paredes altas y delgadas, todas de color gris o rojo y con la superficie pulida. Algunos individuos solían fumar en grandes pipas de cerámica de forma acodada. Otros portaban uno o dos tembetás de piedra insertados como adorno entre el labio inferior y el mentón, así como collares de turquesa. Comenzaban también a consumir polvos alucinógenos por la nariz, para lo cual empleaban tubos inhaladores, tabletas y otros instrumentos tallados en madera. El principal componente de estas sustancias psicoactivas provenía de la semillas del cebil, un árbol que crece en el noroeste argentino y cuyas vainas fueron un importante artículo de tráfico durante todo el primer milenio de nuestra era. Algunos autores hablan de la "ruta del cebil", para referirse a la vía por la cual se realizó este antiguo tráfico de estupefacientes.
Las poblaciones Séquitor vivían del cultivo en pequeña escala del maíz, poroto, ají, zapallo y calabazas. En desconocimiento aún de técnicas de riego más complejas, continuaban privilegiando lugares cercanos al salar para emplazar sus aldeas. Allí, el agua de los ríos y quebradas podía inundar sus campos de cultivo, antes de que se evaporara o desapareciera en el subsuelo. Palas y azadas, bellas cuentas de turquesa y malaquita, finas puntas de flechas triangulares con aletas y pedúnculos y otros instrumentos de piedra, así como fragmentos de cerámica gris pulida de Séquitor, han sido encontrados también en abrigos rocosos y campamentos al aire libre, junto a la vegas del Alto Loa y el Alto Salado. Estos pequeños asentamientos en lugares de mayor elevación que los oasis de pie de puna, indican que ahora la horticultura, la caza y el pastoreo en las quebradas intermedias desempeñaban un rol complementario en la subsistencia de campesinos que ya estaban firmemente asentados en las aldeas de los principales oasis de pie de puna. La presencia en los sitios habitacionales y cementerios de cerámicas del noroeste argentino, como Condorhuasi, Vaquerías y Ciénaga, así como de las propias pipas acodadas, es una buena muestra de la amplitud de las conexiones culturales de las poblaciones Séquitor.
El tráfico de recuas de llamas es intenso en esta época. Restos de estos caravaneros se han encontrado en Calama asociados a grandes bolsas de cuero y canastos, repletos con plumas de aves tropicales, conchas de moluscos marinos, quinua y papas del altiplano y productos agrícolas de los oasis atacameños.
Uno de los poblados más importantes de esta etapa del desarrollo cultural del Norte Grande es Caserones, situado en la quebrada de Tarapacá. Consiste en numerosos recintos de planta rectangular, circundados por un muro defensivo, Caserones puede haber albergado hasta 500 personas, lo que es mucho para los estándares demográficos de la época. En las cercanías, sus habitantes cultivaban maíz y quinua, recolectaban vainas de algarrobos y tamarugos, mantenían rebaños de llamas y cazaban animales silvestres. Desde esta aldea, partían caravanas en viajes de intercambio con San Pedro de Atacama, el altiplano boliviano y diversos puntos del desierto y la costa.
Algo más al sur, en la quebrada de Guatacondo, se encontró una extensa aldea de recintos de planta circular y muros de piedra y barro, dispuestos en torno a una gran explanada o patio central. Se trata de otra importante población de enturbantados, dedicada a la agricultura casi en los márgenes mismos del desierto. Los recintos contienen bodegas cavadas en el piso de las viviendas, donde se guardaban productos como maíz, porotos y vainas de algarrobo para los meses de escasez.
En los siglos iniciales de nuestra era, la vida en aldea, la agricultura y el pastoreo habían alcanzado ya un importante grado de estabilidad en el Norte Grande. Existía, además, una activa red de intercambio de corta y larga distancia, articulada por diferentes circuitos de caravanas que trasladaban bienes suntuarios y de subsistencia entre asentamientos de una vasta área de los Andes Centro-Sur, incluyendo los valles del sur del Perú, el noroeste argentino y la siempre gravitante cuenca del Lago Titicaca. Es precisamente en esta última área donde se va a producir un interesante foco de desarrollo, que imprimirá una nueva dinámica a la historia cultural del Norte Grande de Chile.
En la órbita de Tiwanaku
Entre 200 y 300 d.C., el eje del prestigio y el poder político en los Andes Centro-Sur se traslada desde el viejo señorío de Pukara, en el norte de la cuenca del Titicaca, a Tiwanaku, en la orilla sur de este enorme mar de agua dulce, conocido también como el Lago Sagrado. La emergencia allí de este Estado, representa el más alto nivel de desarrollo social, económico y político alcanzado por una sociedad prehispánica en los Andes al sur del Cuzco. Aproximadamente a partir del siglo III y por espacio de casi un milenio, la ciudad de Tiahuanaco y sus varias urbes virreinales fueron el centro neurálgico de una de las sociedades más poderosas y gravitantes en la compleja historia cultural de los Andes. La impresionante monumentalidad de sus pirámides, templos, palacios y esculturas de piedra tiene pocos parangones en el mundo andino. Sus tejidos, cestos, cerámicas, objetos de oro y plata, y una infinidad de otras finas artesanías, están entre los más eximios objetos de arte producidos por las antiguas culturas de América.
La base de este espectacular desarrollo hay que buscarla en tres pilares fundamentales de la economía de Tiwanaku . En primer lugar, en el aprovechamiento de las extensas praderas que rodean el lago para criar grandes rebaños de llamas y alpacas, y en la laboriosa construcción de extensos campos elevados o "camellones" para una agricultura intensiva de tubérculos y otras plantas adaptadas a la altura. Se calcula que en su clímax la producción agropecuaria de Tiwanaku sirvió para alimentar entre 80 y 150 mil personas al año. El segundo pilar de la economía de este Estado estuvo en la colonización y explotación agrícola de los valles bajos y cálidos situados a ambos lados del altiplano. Allí se proveyeron de productos tropicales y semitropicales, entre ellos el maíz, tan imprescindible para la vida social y religiosa de los pueblos andinos. El tercer pilar estuvo en un inteligente manejo de los hilos del intercambio de largo distancia, a través del tráfico de caravanas de llamas y de alianzas interétnicas sustentadas en una persuasiva influencia ideológica. Merced a esta estrategia, obtuvieron acceso a una serie de productos suntuarios, esenciales para satisfacer las necesidades de prestigio, lujo y distinción social de la élite dominante.
Durante el período Medio o de Integración Centro-Sur Andina, dos áreas del Norte Grande Chile concentraron el interés del Imperio del Lago Sagrado: el valle de Azapa y el oasis de San Pedro de Atacama. En Azapa, los dirigentes de Tiwanaku implantaron colonias de agricultores. Estos campesinos altiplánicos, conocidos como Cabuza, trajeron al valle nuevos instrumentos de labranza y técnicas de irrigación más complejas, que les sirvieron para cultivar maíz, camote, frejol, quinua, zapallo, jíquima, calabaza, coca y otros productos que complementaban los recursos propios del altiplano. La producción de estas tierras bajas era llevada a los asentamientos de la cuenca del Titicaca vía caravanas de llamas. En el valle, habitaban modestas viviendas de planta rectangular, cimientos de piedra y muros de caña y totora amarradas con sogas, emplazadas junto a los campos de cultivo. Enterraban a sus muertos en posición fetal o en cuclillas, envueltos en elaborados unkus o camisas de lana liadas con cuerdas de totora y acompañados de ofrendas mortuorias. Los difuntos portan gorros semiesféricos o de cuatro puntas, este último típico de Tiwanaku. En Cabuza destacan cucharas ceremoniales, keros o vasos para beber chicha de maíz, diversas formas de tazones, escudillas y jarros de variados tamaños. Generalmente, la vajilla de esta gente presenta la superficie pintada de rojo y decorada con diseños en negro de espirales, líneas onduladas y triángulos formando columnas o escalerados. A cargo de la administración de estas colonias, había reducidos contingentes de funcionarios de Tiwanaku y sus familias. Sus tumbas contienen básicamente la misma clase de objetos que el resto de la población, pero son notoriamente más finos y de mayor calidad. El estudio de las momias de esta élite revela que gozaron de mejores condiciones de vida que los campesinos Cabuza .
Durante un tiempo, las colonias Cabuza coexistieron con las últimas comunidades Alto Ramírez. Mantuvieron también relaciones de intercambio con los pescadores de la costa, de quienes obtuvieron algas, pescados, mariscos y guano que transportaban al altiplano. A partir del siglo VIII, compartieron pacíficamente el valle con agricultores Maytas-Chiribaya. Los restos arqueológicos de estos últimos se distribuyen por la costa desde Ilo, en Perú, hasta loa valles ariqueños, con manifestaciones ocasionales hasta Taltal y Caldera. Resaltan su fina textilería, sus cucharas ceremoniales y sus keros o vasos tallados en madera. Aunque en esta época hay varios estilos de cerámica, el más característico es el estilo Maytas, con jarros y vasos que combinan figuras triangulares escalonadas dispuestas en hileras verticales, pintadas en blanco y negro sobre fondo rojo. En el sur del Perú, esta cerámica incluye como única variante unos característicos puntos blancos. La forma de las vasijas y los textiles son, en general, muy parecidos a los de Cabuza. No es clara, sin embargo, la relación de los agricultores costeros de Maytas-Chiribiya con Tiwanaku. Puede tratarse de un desarrollo que siempre fue autónomo, pero también es posible que estos campesinos hayan estado en un comienzo sujetos al Estado altiplánico, para más tarde emanciparse de su control. De hecho, algunos de estos individuos usaron el típico gorro de cuatro puntas, que parece haber operado como carta de ciudadanía tiwanakota.
La estrategia de acceso de Tiwanaku a San Pedro de Atacama fue radicalmente diferente a la empleada en Arica. Interesaban al Estado altiplánico los minerales cuproarsenicales, el cobre nativo, las turquesas, las malaquitas y otras piedras semipreciosas del desierto, como también los productos elaborados por la industria metalúrgica de La Aguada, una agrupración de jefaturas o señoríos del Noroeste Argentino muy vinculada con gente de la cultura San Pedro. Desde San Pedro de Atacama, estos artículos eran trasladados por más de 700 kilómetros hasta el corazón de Tiwanaku.
Antes de la irrupción de Tiwanaku, la localidad de San Pedro operaba ya como un terminal caravanero y una activa plaza de intercambio regional. La producción de una vasta área del desierto, la puna meridional y los valles trasandinos arribaba a este oasis, transportada por caravanas locales. Esta etapa del señorío de San Pedro, denominada Quitor, ocurre entre 400 y 700 d.C. y es la de mayor auge. Hay objetos de origen atacameño en lugares tan distantes como la Quebrada de Tarapacá en el norte y Salta en el noroeste argentino. Se han encontrado también asentamientos Quitor en Chiuchiu, Conchi y la costa, así como una colonia en Calahoyo, un lugar de la puna distante unos 300 kilómetros de San Pedro de Atacama.
Las relaciones entre Tiwanaku y la gente de la etapa Quitor era exclusivamente de élite a élite. Jefes locales aliados cuidaban los intereses imperiales. A cambio de su lealtad, eran colmados de regalos, generalmente objetos de carácter suntuario que acentuaban su prestigio, tales como los vasos, hachas, diademas, placas y otros objetos de oro encontrados en el así llamado "Gentilar de los Reyes" del ayllu de Larache. Tales presentes incluían también finísimos unkus o camisas, cerámicas, canastos, vaso-retratos de madera y otros artefactos, todos pertenecientes al más excelso arte del Estado altiplánico. El consumo nasal de sustancias psicoactivas, que desde la fase Séquitor había arraigado entre los sectores más pudientes de la sociedad atacameña, así como la habilidad de sus artesanos para tallar una variedad de primorosos objetos de madera, fueron aprovechados también por Tiwanaku. El primero, para identificar a la élite local con la ideología del Imperio; la segunda, para satisfacer la demanda de dichos instrumentos por parte de una élite tiwanakota ávida de exclusivos símbolos de distinción social.
Durante la fase Quitor, la alfarería atacameña logró su más alta expresión técnica y estética. Se trata de una cerámica negra con la superficie cuidadosamente bruñida, que incluye botellas con rostros antropomorfos estilizados en el cuello, vasos cuencos, escudillas grabadas y una diversidad de otras formas de vasijas. Hacia el siglo VIII, precisamente cuando las relaciones entre el señorío de San Pedro y el Estado de Tiwanaku alcanzan su máxima intensidad, esta tradición alfarera nativa comienza a perder calidad, popularizándose una alfarería de factura descuidada denominada "casi pulida". Es la fase Coyo del desarrollo atacameño, que se extiende entre 700 y 900 d.C. Muchas de las mejores piezas de Tiwanaku, sin embargo, arriban al oasis en este tiempo. Entre los siglos X y XI, la cuenca del Lago Titicaca experimenta una seguidilla de desastrosas sequías, que producen el colapso del hasta entonces exitoso sistema agrícola de Tiwanaku. Producto de la crisis económica y social subsecuente, las conexiones entre este Estado y el señorío de San Pedro se cortan para siempre. Poco tiempo después, desaparecen en Arica las colonias Cabuza. El Imperio se desmorona casi tan súbitamente como había aparecido, sumiendo a los Andes Centro-Sur y al Norte Grande en una época de intensas turbulencias políticas, pero también de oportunidades para la emergencia de una serie de sociedades altamente competitivas. Los arqueólogos denominan a este lapso período Intermedio Tardío o de Desarrollos Regionales.
La época de los pucarás
A la caída de Tiwanaku, surgen en el altiplano peruano-boliviano numerosos reinos y señoríos independientes, en permanente lucha unos con otros. Acosados por las sequías y siempre necesitados de productos que no se dan en el altiplano, ejercen una enorme presión sobre los espacios productivos del Norte Grande, implantando colonias en los diferentes pisos ecológicos que se escalonan entre el altiplano y el litoral. De preferencia, estas poblaciones ocupan las cabeceras de valles y quebradas del Norte Grande, controlando el suministro de agua para el regadío. Por estas razones, las relaciones de los pueblos del altiplano con los del desierto alcanzan durante este período un alto nivel de hostilidad. La veintena de pucarás o fortalezas que se construyen al pie del altiplano, entre Arica y San Pedro de Atacama, así como el incremento de armas y objetos defensivos, son fiel reflejo de los conflictos que marcaron esta época post-Tiwanaku.
Sobre la base del previo desarrollo Maytas-Chiribaya, emerge en los valles costeros y serranías del sur del Perú y del extremo norte de Chile la cultura Arica, una agrupación de señoríos agrícolas y pescadores cuyas manifestaciones culturales se extienden desde Mollendo en Perú hasta Taltal en Chile. Su primera fase es San Miguel, que se reconoce por una alfarería que incluye grandes cántaros globulares y jarras cilíndricas, decorados con figuras similares al estilo Maytas, así como escalerados y medallones con figuras humanas y pájaros estilizados, trazadas en rojo y negro sobre fondo blanco. La textilería adquiere en esta época una gran calidad técnica incorporando diseños mucho más complejos que en el período anterior, aunque las formas textiles son básicamente las mismas. Mientras los keros son muy similares a los de Maytas-Chiribaya, las cucharas de madera cambian a formas más funcionales. La siguiente fase de la cultura Arica es Gentilar, cuya cerámica presenta más de 40 formas distintas, destacando las jarras globulares. Se decoran con figuras aserradas, escalerados, cruces, círculos y medallones que contienen figuras humanas, monos y felinos, en blanco y negro sobre fondo rojo, a veces con la superficie de la vasija finamente bruñida. El resto de sus artesanías no varia mucho en relación a San Miguel . Las viviendas de las poblaciones de esta cultura eran de planta circular con un patio exterior, construidas con muros de piedra y caña en la costa, y de piedra, madera y paja en la sierra. Algunas aldeas, principalmente en la sierra, presentan más de un millar de recintos e incluyen estrechas vías de circulación interna, bodegas, corrales para el ganado y, en ocasiones, muros defensivos.
En San Pedro de Atacama, por otra parte, ya no hay la variedad de objetos del período anterior. Al comienzo de este milenio, durante la fase Yaye, las tumbas son tan pobres, que muchas veces no incluyen ni una sola vasija y, en ocasiones, carecen del más mínimo ajuar funerario. Los asentamientos, sin embargo, adquieren gran envergadura, seña elocuente de que la población había crecido en forma considerable. La edificación de pucarás como los de Quitor en San Pedro de Atacama, Turi en el Alto Salado y Lasana en el Loa Medio, por ejemplo, es inconcebible sin el concurso de una numerosa fuerza de trabajo. También lo es la construcción de kilómetros y kilómetros de terrazas de cultivo y obras de regadío, un rasgo que caracteriza a esta época. En el oasis de San Pedro de Atacama deben haber proliferado muchos asentamientos como el encontrado en el ayllu de Solor, formado por grandes recintos con muros de barro y planta rectangular, en cuyo interior hay entierros de individuos humanos dentro de vasijas de greda, así como enormes tinajas, probablemente para contener agua o chicha.
Fieles a su tradición, los alfareros del señorío de San Pedro continúan manufacturando cerámicas de un solo color, pero ahora las revisten de un grueso engobe rojo y les dan formas más complejas. Una de las cerámicas más típicas de esta época es una escudilla alisada por fuera y pulida por dentro. Durante la fase Yaye, estas escudillas son negras en el interior y durante la siguiente fase Solor, cambian a café o gris. Escudillas como éstas, así como grandes ollas y cántaros de superficie alisada, se hallan presentes en casi todo el desierto, desde Pica por el norte hasta Taltal por el sur, pasando por las cuencas del río Loa y del Salar de Atacama, marcando muy precisamente los alcances de la esfera de interacción de las más tardías etapas de la cultura San Pedro. Hay evidencias de que los atacameños de esta época disputaron con los indios de Pica y Tarapacá el control de los algarrobales y las tierras de cultivo del oasis de Quillagua, en el desierto central.
Una distribución parecida a la de las escudillas recién referidas tienen los ganchos de madera para sujetar la carga de las llamas, los cencerros de madera y las calabazas decoradas con diseños grabados a fuego. Los dos primeros artefactos son un buen indicio del intenso tráfico de recuas de llamas que caracterizó a esta época. De acuerdo a lo que muestran los ajuares funerarios, hubo intercambios de productos con los indios de Tarapacá, Pica, Potosí, Sud Lípez y Copiapó. Además, las caravanas atacameñas descendían a la costa con los productos de sus oasis y quebradas, regresando a Calama, Chiuchiu y San Pedro de Atacama con pescados y mariscos secos que obtenían de los pescadores changos del litoral. Lo propio hacían las caravanas de la gente de los oasis tarapaqueños.
Una penetración de indios lípez, procedentes del altiplano sur de Bolivia, es patente en el curso superior del río Salado, donde se mezclan con indios atacameños. Esta fase cultural es conocida como Toconce y se caracteriza por sitios habitacionales con densos conjuntos de cerámica local, entierros en abrigos rocosos, chullpas o torreones altiplánicos de función ceremonial y selectos tiestos típicos de la región boliviana de Sud Lípez.
La escasez de objetos del noroeste argentino en las tumbas atacameñas, sugiere que las relaciones entre ambas áreas se habían reducido a un mínimo. Estilos alfareros trasandinos, como Santa María y Belén, están completamente ausentes en el Salar de Atacama y el río Loa. Cortada la así llamada "ruta del cebil", en este período los artefactos del complejo alucinógeno comienzan a disminuir en número y calidad, hasta desaparecer por completo poco antes del arribo de los Incas , al tiempo que el uso ritual de la coca adquiere mayor prepoderancia. No obstante, se encuentran con cierta regularidad en la región, vasijas de estilo Yavi, manufacturada por los indios chichas de la quebrada de Humahuaca, con los cuales los atacameños mantuvieron una relación privilegiada.
Bajo el Imperio de los Incas
Cuando en el Norte Grande de Chile las sociedades del desierto luchaban por mantener a raya a los pueblos del altiplano, en los alrededores del Cuzco un señorío de oscuros orígenes se imponía al resto para imponer su hegemonía en la región. Dueños de una tremenda capacidad organizativa y militar, en poco más de un siglo los Incas construyeron uno de los imperios más vastos en la historia de la humanidad. El afán expansivo de esta gran nación de conquistadores, residía en el mecanismo de la "herencia dividida". Al fallecer un gobernante, su panaqa heredaba toda la riqueza y los territorios conquistados por el difunto. El nuevo gobernante, en cambio, únicamente heredaba el ejército. En consecuencia, a lo largo de su vida debía procurar conquistar nuevos territorios para construir así su propia riqueza y la de su panaqa. Hacia 1471, correspondió a Tupaq Inca Yupanqui emprender la conquista de Chile. Cuando sus tropas ingresan al Norte Grande, traen como aliados estratégicos a los pueblos altiplánicos, seculares rivales de las sociedades locales. Es a través de ellos que los Incas dominan a los pueblos del desierto chileno, inaugurando la última época de su desarrollo prehispánico: el período Tardío o de Integración Panandina.
En Arica, la dominación Inca se tradujo en una ampliación de las tierras de cultivo y en la aplicación de técnicas más avanzadas en la explotación de los recursos del litoral. Dos de los centros administrativos incaicos más importantes en la zona fueron Purisa, en el valle de Azapa y Mollepampa, en el de Lluta. Estos y otros asentamientos estuvieron unidos por ramales del Qapaqñam o Camino del Inca, una extensa red vial que atravesaba todo el Imperio o Tawantinsuyu. En los tambos o postas que jalonaban el camino, se podía encontrar alimentos, bebidas, sandalias, tejidos y todo lo que necesitaban las tropas, caravanas, mensajeros y otros viajeros.
En todos los territorios conquistados los Incas introdujeron nuevas formas de vasijas, entre otros, el aríbalo, un gran cántaro de cuello en forma de bocina y base apuntada, y un plato que en un extremo tiene un asa en forma de cinta y en el otro la cabeza modelada de un ave. Es típica también una cerámica con diseños negros sobre fondo rojo que pertenece a las sociedades altiplánicas aliadas de los Incas.
En el Pucará de Turi, al interior de Calama, los Incas construyeron sus edificios en la parte más alta de la fortaleza y de allí controlaron a las comunidades del río Loa. Varias minas de cobre son explotadas por los cuzqueños con la ayuda de la población local y de otros grupos étnicos trasladados desde lugares distantes. En el Salar de Atacama, erigen un centro administrativo en Catarpe, casi frente al Pucará de Quitor, desde donde ejercen dominio sobre San Pedro de Atacama y los otros oasis del salar.
La impronta incaica en San Pedro es mínima, aunque también es cierto que tuvieron poco más de 60 años para influir en la cultura local. Esta influencia se manifiesta en imitaciones de los característicos aríbalos cuzqueños, terminados con el grueso engobe rojo, tan típico de las vasijas atacameñas de la época. En conexión con individuos trasandinos trasladados por los Incas, arriban imitaciones de piezas cuzqueñas procedentes de Tilcara y La Playa. En Catarpe, Turi y Taltal se han encontrado placas de cobre de estilo Santa María, traídas por lo Incas desde el noreste argentino.
os Incas respetaron las creencias de los pueblos conquistados. No obstante, en muchas de las altas cumbres del Norte Grande rindieron culto a sus propias deidades. En las faldas y en la cima de los principales cerros, construyeron recintos ceremoniales e hicieron grandes hogueras, realizaron sacrificios y dejaron en ofrenda hojas de coca, figurillas de plata, plumas multicolores y finas prendas textiles en miniatura.
No se había depositado aún sobre el suelo el polvo levantado por el paso de tropas y caravanas de los Incas, cuando las cabalgaduras de los españoles comienzan a hollar los caminos y senderos del desierto chileno. Se inicia entonces una etapa de dominación, expoliación y exterminio de la población aborigen del Norte Grande que dura hasta nuestros días. Los escasos y preciados recursos hidrológicos del desierto extremo de la tierra -tan celosamente cuidados y disputados por los antiguos nortinos durante 11 milenios- son en la actualidad contaminados periódicamente y explotados hasta el agotamiento por la gran minería del cobre y las ciudades de la soberbia civilización moderna...
CAMELIDOS EN EL ARTE RUPESTRE
Se conoce como arte rupestre a las pinturas y grabados ejecutados sobre la superficie rocosa de cuevas, paredones y bloques aislados, así como los grandes geoglifos trazados en las laderas de los cerros y en las pampas, hechos por acumulación o despeje de las piedras de la superficie.
A diferencia de otros sistemas iconográficos andinos, como la cerámica, los textiles o las esculturas de piedra, en las que las figuras no siempre coinciden con la fauna local, la selección de imágenes en el arte rupestre del Norte Grande es altamente congruente con los animales del medio circundante. Mas del 90% de los diseños son figuras de camélidos, ya sea silvestres, como el guanaco y la vicuña, o domésticos, como la llama. La presencia de estas imágenes en hábitats naturales de estos animales, su recurrente cercanía a vegas y fuentes de agua permanente o en proximidad a rutas de tráfico e intercambio y su contigüidad a depósitos arqueológicos cuyos contenidos demuestran diferentes utilizaciones de ellos por parte de comunidades humanas, revelan que esta imaginería no era una simple mistificación ideológica de una fauna éxotica a la región, sino el resultado de la preocupación de las poblaciones por un recurso local que desempeña un rol básico en la subsistencia.
La ejecución y manipulación de imágenes de camélidos en arte rupestre, parece haber sido parte de un ceremonialismo de las antiguas poblaciones nortinas cuya finalidad era influir ritualmente en los factores -reales o imaginarios- que determinaban la disponibilidad de estos animales para la economía local o el éxito de sus expediciones de tráfico con caravanas de llamas.
Cualquiera sea lo que estas imágenes hayan significado para las sociedades que las crearon y usaron, su valor simbólico probablemente les confería el poder de producir la multiplicación de los camélidos salvajes, el aumento de sus rebaños de camélidos domésticos y buenos resultados en sus viajes con recuas de llamas a través de la puna y el desierto nortino |