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EL PAIS DE LOS GRANDES VALLES:
Prehistoria de Chile Central
Luis E. Cornejo B.

Los cazadores-recolectores

A fines del siglo XIX, durante la construcción de un canal para desaguar una antigua laguna cerca de San Vicente de Tagua Tagua, se encontró accidentalmente y a mucha profundidad fragmentos de huesos fosilizados que, por su tamaño, debían corresponder a partes del esqueleto de varios mastodontes, variante sudamericana de los mamuts, ambos parientes cercanos de los actuales elefantes de Africa y Asia. Estos animales habitaron estos parajes hace muchos milenios y, junto con muchas otras grandes especies herbívoras, denominadas megafauna, como el caballo americano, el milodon y la paleolama, se extinguieron debido a cambios climáticos ocurridos en todo el mundo hace unos 8 mil años a.C., con motivo del fin de la última glaciación.

Sobre la base de este antecedente, a principio de los años sesenta y durante los años ochenta, dos grupos de arqueólogos realizaron en ese mismo lugar excavaciones con la intención de probar aquí una interesante hipótesis: la coexistencia entre estos animales extinguidos y los primeros seres humanos que habitaron el territorio. El resultado de las investigaciones fue muy exitoso, ya que se lograron recuperar claras evidencias de dicha coexistencia, especialmente algunas herramientas de piedra encontradas entre los huesos de dichos animales.

Estos antiguos grupos humanos, que los arqueólogos han ubicados en un período cultural llamado Paleoindio, llegaron a este territorio entre 10 y 11 mil años a.C., después de un largo proceso de migración. Esta había comenzado unos 8 mil años antes, cuando sus ancestros cruzaron el estrecho de Bering, en ese entonces un puente de tierra que unía los actuales territorios de Siberia y Alaska. Hoy es poco lo que sabemos sobre ellos, ya que en general se han encontrado muy escasos lugares que aún conserven evidencias de su presencia. De hecho, en Chile Central el hallazgo realizado en la laguna de Tagua Tagua repre-senta el único donde la presencia de grupos paleoindios a sido verificada científicamente.

Estas poblaciones debieron estar compuestas por pequeños grupos familiares que se desplazaban libremente por el territorio, obteniendo sus sustento de una amplia gama de recursos animales y vegetales. No obstante, la caza de grandes animales hoy extinguidos es su actividad de subsistencia más conocida por los arqueólogos, ya que muchos de los sitios descubiertos en el continente corresponden a lugares de caza y faenamiento de animales.

Tagua Tagua es justamente uno de estos lugares. Las evidencias que ahí quedaron hablan de una playa de la antigua laguna, donde los cazadores acecharon y mataron mastodontes, caballos americanos y ciervos que se encontraban ahí bebiendo agua, entrampándolos en el borde pantanoso. Para este propósito los cazadores utilizaron grandes bloques de piedra que arrojaron a los animales y lanzas armadas con filosas puntas de cuarzo cristalino finamente tallada. Una vez muertos los animales, fueron faenados en el mismo lugar, extrayéndoseles la carne, la grasa y algunos huesos, para lo cual se utilizaron cuchillos y raederas talladas en piedra, así como piedras con filos naturales cortantes. Finalmente, los cazadores se llevaron las presas menos voluminosas a otro sitio, el cual por ahora se desconoce, pero que debió ser el campamento donde habitaba el resto de la familia.

Ciertas herramientas utilizadas por estos hombres quedaron en el lugar, mezcladas con los huesos de los animales. Algunos de estos huesos presentan, además, claras huellas dejadas por los instrumentos utilizados para cortar la carne y separar las distintas presas del animal. Son éstas las evidencias que permiten a los arqueólogos afirmar que en este lugar se habría verificado una muy antigua ocupación humana, la cual ha sido fechada por el método del radiocarbón entre 8 mil y 9 mil 500 años a.C.

Aunque no sabemos mucho sobre otras actividades de subsistencia que realizaban estos grupos, tales como la recolección de especies vegetales o la caza de animales pequeños, es evidente que el modo de vida de estos cazadores estaba muy estrechamente relacionado con los grandes animales que constituían sus presas de caza. Por esta razón, la extinción de esta megafauna, producto de los grandes cambios ambientales que ocurren a fines de la última glaciación, provoca también profundas transformaciones en la cultura y vida de estos primeros conquistadores de Chile Central. Quizás paradojalmente, hacia el décimo milenio antes del presente, estos cazadores estaban contribuyendo a la extinción de los últimos mastodontes, caballos y otros animales, cazándolos en lugares como la antigua laguna de Tagua Tagua. Los grandes cambios climáticos que estaban en curso, hacían de ésta una suerte de refugio para estos grandes herbívoros, ya que otras partes se habían tornado inhabitables para ellos.

La extinción de la megafauna obligó a reorientar las actividades de los cazadores, estimulando profundos cambios sociales y culturales, todos los cuales han hecho a los arqueólogos definir un nuevo período cultural, llamado Arcaico, que tendría su inicio alrededor del año 8 mil a.C. A partir de entonces comenzarán a ser más importantes para la alimentación y obtención de materias primas otros animales que sobrevivieron el impacto de los cambios ecológicos o que, incluso, se vieron favorecidos por ellos. Estos animales, la mayor parte de los cuales ha subsistido hasta el presente, eran en general de menor tamaño y mayor movilidad que la megafauna. Entre los más apetecidos estaban el guanaco y huemul, pero también los zorros, pájaros y roedores. Huellas de estos cazadores arcaicos se pueden encontrar en refugios localizados entre rocas y cuevas en la cordillera andina, en lugares como Piuquenes en el río Aconcagua o El Manzano en el río Maipo, con fechas iniciales que oscilan entre 8200 y 7850 años a.C.

Este nuevo modo de vida de pequeños grupos nómades que obtienen sus sustento directamente de la naturaleza, durará poco más de 7 mil años en este territorio. Durante este lapso, no obstante, la cultura sufre una serie de importantes cambios, relacionados tanto con su subsistencia como con su tecnología y organización social. Algunos de estos cambios se pueden apreciar en sitios como los arriba señalados, los que fueron reiteradamente utilizados como campamentos habitacionales durante muchos milenios, así como en otros, tales como el cementerio de Cuchipuy, ubicado en el borde la laguna de Tagua Tagua, un lugar intensamente utilizado por estos grupos entre los años 6000 y 3700 a.C.

El trabajo de la piedra, tecnología fundamental para la confección de herramientas en un mundo donde aún no se conocían los metales, es uno de los aspectos que sufre transformaciones más características a través del tiempo. Las grandes puntas talladas, que constituían la parte punzante de los dardos de los primeros tiempos, cambian a partir del séptimo milenio antes de presente. Sus formas se modifican y se reducen en tamaño, probablemente, como producto de cambios en la manera de usar los dardos. También se introducen innovaciones en el diseño de otras herramientas de piedra, tales como cuchillos, raspadores y cepillos, para desempeñar funciones más especializadas.

La economía parece ser uno de los motores de estos cambios, ya que en ella se comienza a gestar una de las innovaciones más significativas en estas sociedades. La creciente importancia que van adquiriendo los vegetales silvestres como recursos para la alimentación, se ve reflejada en el significativo aumento de los implementos de molienda. En el cementerio de Cuchipuy, por ejemplo, muchos difuntos son enterrados juntos con morteros o manos de moler confeccionados en piedra. La modificación de la economía de estas poblaciones es probable que conllevara la disminución en la movilidad característica de la vida nómade. Esto es particularmente notorio en el uso reiterado por muchos milenios de Cuchipuy como lugar de entierro de un número relativamente alto de personas.

En la costa se vive un proceso similar al de los valles del interior. Su antecedente más antiguo, hace unos 8 mil 500 años, se encuentra en Punta Curaumilla, unos 30 kilometros al sur de Valparaíso En este caso fue el mar el que ofreció los recursos para la subsistencia de estos grupos Arcaicos, los cuales se especializaron en la explotación de moluscos, peces, crustáceos y mamíferos marinos. Cazadores y recolectores costeros como éstos produjeron algunos de los basureros de conchas o conchales, tan comunes a lo largo de todas las playas y roquerios del litoral central. Algunos de los más extensos y comunes de estos sitios corresponden a grupos que los arqueólogos han denominado complejo Papudo.

Los primeros horticultores y ceramistas

En las postrimerías del último milenio antes de Cristo se manifiestan en Chile Central las primeras evidencias de uno de los cambios más notables ocurridos en muchas partes del mundo: el cultivo de plantas domesticadas y, por lo tanto, el tránsito hacia una subsistencia basada en la producción de alimentos y en el sedentarismo. Este proceso, que introducirá profundas modificaciones en casi todos los aspectos de la cultura, se desarrolla de manera muy lenta, pasando básicamente por tres estados: la experimentación, el cultivo en pequeña escala o horticultura y el cultivo en gran escala o agricultura. Paralelo a la revolución de los cultivos, e inclusive con fechas levemente anteriores a ella, en Chile Central, como en muchas otras partes del planeta, surge un tipo de producción artesanal que requiere conocer complejas tecnologías. Una de estas artesanías y que mejor define las diferencias entre distintas culturas prehistóricas, es la alfarería.

En Chile Central no hay por ahora claridad acerca del origen de estas dos importantes tecnologías. Hasta el momento no se han encontrado restos que permitan ver la fase de experimentación en la domesticación de plantas, la que sí se ha documentado en territorios de más al norte. Igual cosa ocurre con la alfarería, ya que las cerámicas más antiguas, con fechas de alrededor de 860 a.C., localizadas en Punta Curaumilla, parecen estar ya desarrolladas, esto es, sin evidencias de un previo proceso de invención y experimentación en la región.

Por ahora, pareciera que estas dos innovaciones llegan a la zona a partir de desarrollos que tienen lugar en regiones más septentrionales, sin que aún este claro si provienen del Norte Chico o el Noroeste Argentino. Tampoco está es claro todavía si esta revolución estuvo asociada a la llegada de una nueva población, o si, por el contrario, fueron los mismo cazadores-recolectores de Chile Central los que adoptaron y desarrollaron estas nuevas tecnologías foráneas. No obstante, los cazadores y recolectores de tradición arcaica nunca fueron desplazados del todo por la nueva cultura, ya que este modo de vida se mantendrá vigente hasta tiempos históricos en territorios marginales, especialmente en la cordillera andina.

A partir de 300 años a.C., en Chile Central se puede identificar con claridad la presencia de grupos humanos horticultores y alfareros, los que han sido asignados por los arqueólogos al período Agroalfarero Temprano.

En muchos aspectos el modo de vida de estas nuevas poblaciones no difería mucho en sus inicios de los antiguos cazadores, ya que buena parte de su sustento venía de la caza y la recolección. A la vez, conservaban todavía algo de la vida nómade de sus antecesores. Los cultivos fueron tomando importancia a medida que pasaba el tiempo. Probablemente, el proceso comenzó con la producción de calabazas, que serían utilizadas principalmente como recipientes. Con posterioridad, se incorporan plantas netamente alimenticias como los porotos, la quinua y el maíz.

En general, las poblaciones de este período exhiben una serie de características comunes, las que han sido son especialmente documentadas en el territorio que se extiende entre los ríos Aconcagua y Cachapoal. Si embargo, no fueron homogéneas desde el punto de vista cultural, coexistiendo y desarrollándose a través del tiempo distintos grupos con una infinidad de diferencias en detalles importantes de su cultura. Esta situación es propia del nivel de desarrollo en que se encontraban estos pueblos, el que se caracteriza por la falta de cualquier forma de poder o autoridad central y donde las familias independientes constituyen el principal núcleo demográfico. Los estudios arqueológicos han permitido delimitar con alguna precisión algunos de estos grupos.

En la costa, entre los años 200 a.C. y 100 d.C., los arqueólogos han encontrado los restos dejados por pequeñas comunidades agroalfareras. Es posible que sean descendientes directas de los cazadores del Arcaico, pero ya cuentan con cerámicas muy sencillas y, sólo hipotéticamente, con cultivos. es el caso de sitios como el excavado en los terrenos de la ENAP en Concon, y en los valles del interior, tales como en el sitio Radio Estación Naval de la Quinta Normal, en Santiago.

Entre 250 a.C. y 600 d.C., se distingue otro grupo que los arqueólogos han llamado Bato. Sus restos se han encontrado especialmente en lugares como Papudo, Ritoque y San Antonio. Se trata de pequeñas unidades familiares, cuyo modo de vida, si no fuera por la presencia de la tecnología alfarera y de muy escasos cultivos, no se diferenciaba mucho de las antiguas poblaciones del período Arcaico. Usualmente, este grupo enterraba a sus muertos en forma aislada, bajo el piso de sus habitaciones. Su único ajuar mortuorio son los tembetás, un adorno que insertaban entre el labio inferior y el mentón.

En la costa tiene su centro también el grupo Llolleo, sin duda una de las sociedades mejor conocidas de este período. Esta es levemente más tardía que las anteriores, con fechas que se extienden entre los año 150 y 900 d.C. Este grupo se caracteriza por detentar una mayor densidad poblacional y por sitios habitacionales de mayores dimensiones. Sus restos se han encontrado en lugares como Las Cruces y Algarrobo.

Económicamente, en esta etapa seguían siendo importantes la caza y recolección de productos del mar y de tierra firme, aunque la presencia de cultivos, tales como la quinua y el maíz, iba ganando importancia en la subsistencia. Al igual que los demás grupos mencionados, la gente Llolleo enterraba a sus muertos bajo el piso de sus viviendas, formando en algunos casos pequeños cementerios, pero acompañados de un ajuar funerario mucho más variado y rico que en los casos anteriores, incluyendo recipientes de cerámica, adornos corporales, piedras horadadas e instrumentos de molienda. Los párvulos, por su parte, eran sepultados dentro de urnas de cerámica.

Todas estas características sugieren que Llolleo fue una sociedad un poco más compleja que las otras pertenecientes a este período. El uso de deformaciones intencionales de la cabeza, una práctica muy común en la América precolombina y sin efectos nocivos desde el punto de vista biológico, puede ser indicio del surgimiento de diferencias sociales más allá de las familiares.

En los grandes valles del interior y la cordillera, en cambio, es más difícil definir grupos culturales claramente distintos, en parte, debido a que aquí se ha realizado mucho menos investigación sistemática y ésta se ha concentrado sólo en algunos sitios. No obstante, parece claro que los dos principales grupos definidos en la costa, Bato y Llolleo, también están presente aquí, aunque presentando ciertas peculiaridades locales. Estas pueden deberse tanto a que en la economía de los valles interiores fue más importante la horticultura como a la probable presencia de otros grupos aún no bien definidos por la arqueología. Un ejemplo de estos últimos podría ser el sitio cordillerano de Chacayes, un importante cementerio con ajuares funerarios muy peculiares, que recuerdan fuertemente a objetos encontrados en cementerios de la cultura El Molle del Norte Chico.

Los agricultores

Hacia el año 900 d.C., cuando los grupos Llolleo y de otras tradiciones del perído Agroalfarero Temprano todavía dominaban el norte del territorio de Chile Central, es posible verificar la presencia de un nuevo grupo. Los arqueólogos lo denominan Aconcagua y lo asignan al período Agroalfarero Intermedio Tardío. Esta gente se extendió rápidamente entre los ríos Aconcagua y Cachapoal, con una población muy numerosa que se asentó en la costa, en los grandes valles de la depresión intermedia y en los cajones cordilleranos. Es probable que al principio compartiera el territorio con algunos pequeños grupos de horticultores, los que se mantuvieron en sitios que presentan fechas finales posteriores al año 900 d.C. Ejemplos de éstos se han estudiado en el río Colorado del Cajón del Maipo y en el extenso asentamiento encontrado en los terreno del diario El Mercurio, junto al río Mapocho.

El origen de la población Aconcagua no es todavía suficientemente claro, aunque una de la hipótesis más aceptadas propone que no descendía de los grupos del período Agroalfarero Temprano. En realidad, no se aprecia en ella ningún rasgo que pudiera ser producto de una evolución desde la cultura de los primeros horticultores. Más aún, muchos de sus elementos más característicos parecen ser antagónicos con el modo de vida reinante en la región en tiempos anteriores. Así, todo indica que estamos frente a un gran cambio en la prehistoria de esta área que podría ser el producto del arribo de una nueva población, proceso que aún presenta grandes incógnitas para los arqueólogos. Se ignora por qué esta gente se afinca en este territorio y sólo se cuenta con algunas hipótesis muy preliminares acerca de su lugar de origen. Estas establecen ciertos lazos con culturas del noroeste argentino y del altiplano de Bolivia, y se basan, principalmente, en elementos de la decoración de las vasijas de cerámica y en determinados aspectos de la organización social imperante en la cultura Aconcagua.

Aun así, todavía no se puede descartar completamente que esta cultura tenga su origen en los horticultores que la precedieron, no como producto de un lento proceso de evolución, sino como un cambio revolucionario, que se opuso a la antigua forma de vida y desarrolló otra que es, en muchos aspectos, antagónica con la de sus antecesores. Este cambio súbito puede haber comenzado con la llegada de nuevas ideas y tecnologías, probablemente provenientes del norte, las cuales habrían sido tomadas y adaptadas rápidamente por una parte importante de la población. Esta puede ser la razón por lo cual mucho de los elementos culturales de Aconcagua exhiben una impronta que es reminiscente de las tradiciones culturales donde dichas ideas se habrían generado.

La cultura Aconcagua tuvo sus principales centros en las cuencas de los ríos Aconcagua, Mapocho y Maipo, donde establecieron pequeños conjuntos habitacionales de no más de un docena de casas. Las viviendas eran construidas con barro, paja y coligües. Es el caso de las encontradas en la rinconada de Huechún o en la confluencia del estero El Manzano con el río Maipo. En estos pequeños villorrios convivían probablemente una serie de familias unidas por lazos de parentesco, dedicándose a la plantación de una diversidad de cultivos, tales como la quinua y el maíz, criando algunos guanacos amansados y sin dejar de lado las antiguas prácticas de caza y recolección. Ciertos asentamientos, ubicados en lugares determinados, tuvieron una especialización en la producción de determinados recursos: en la costa, estaban dedicados especialmente a la recolección de mariscos, mientras que en algunos lugares de la cordillera explotaban minas de cobre.

Entre los sitios más importantes de la gente de Aconcagua están sus cementerios. Estos constituían verdaderas necrópolis, que cumplían un importante rol social y religioso dentro de la comunidad. Se caracterizan por grandes concentraciones de tumbas construidas como montículos de tierra o túmulos, con una altura que va desde unos 30 centímetros a un par de metros. Bajo ellos los muertos, enterrados individual o colectivamente, fueron acompañados de un ajuar compuesto de vasijas de cerámica, aros de cobre, collares y otras clases de objetos. Algunos de los más importantes se encuentran cerca de San Felipe y en Lampa.

Aparentemente, esta sociedad tuvo niveles de organización social que trascendían los lazos puramente familiares. Los individuos reconocían la existencia de una instancia social superior, a la cual pertenecían sin importar sus distintos orígenes familiares. Este autorreconocimiento como miembros de una misma sociedad o etnia era expresado tanto por la mantención de una serie de obligaciones y derechos entre los individuos, como por la existencia de una serie de símbolos que representaban a la sociedad. Destaca entre ellos un diseño, llamado por los arqueólogos "trinacrio", que habitualmente pintaban en los platos de cerámica utilizados en la vida diaria y en el ajuar mortuorio.

La decoración de la alfarería permite suponer que dentro de la sociedad Aconcagua existían al menos dos amplios grupos, uno asentado en la cuenca del río Aconcagua y el otro localizado en las cuencas de los ríos Mapocho y Maipo. Si bien ambos se reconocían como pertenecientes a la misma cultura, por razones que aún se desconocen hicieron un esfuerzo por diferenciarse, utilizando para ello la fuerza simbólica de la forma y distribución de los dibujos geométricos aplicados en la cerámica. Este tipo de organización social dual recuerda a aquella imperante en las sociedades andinas del Perú, Bolivia y el norte de Chile a la llegada de los españoles. Se caracterizaba esta organización por la existencia de una división de la sociedad en dos mitades complementarias, cada una con sus propios jefes, los que eran simbólicamente considerados como hermanos.

Con posterioridad a su período de formación, esta sociedad tuvo un desarrollo más bien autónomo, sin que sean muy evidentes relaciones interculturales marcadas con otros pueblos de los territorios adyacentes. Es casi imposible encontrar elementos culturales Aconcagua fuera de su territorio nuclear, salvo unos pocos fragmentos de alfarería recolectados en sitios precordilleranos de la Provincia de Cuyo, en Argentina. Del mismo modo, es posible advertir la presencia sólo de algunas pocas influencias procedentes de las culturas Diaguita y Animas del Norte Chico, las que se presentan muy localizadamente.

La llegada de los conquistadores

La aparente autonomía del desarrollo cultural de la región de Chile Central tendría a mediados del siglo XV un cambio rotundo, a partir de la incorporación de este territorio y su gente al Imperio Inca o Tawantinsuyu, inaugurándose lo que los arqueólogos denominan Período Agroalfarero Tardío. Como en muchas otras partes de los Andes, este proceso ocurrió de manera bastante rápida y violenta, significando para las poblaciones Aconcagua la pérdida de su independencia política, así como una serie de cambios en su modo de vida.

De acuerdo a las crónicas escritas por los españoles, la conquista de estos valles --incluidos lo que los Inkas denominaron el Kollasuyu-- se habría verificado aproximadamente entre 1470 y 1493 d.C., durante el mandato en el Cuzco de Topa Inca Yupanqui. De acuerdo a algunas fuentes, los incas llegaron en su avance hacia el sur hasta las riberas del río Maule, lugar donde su ejército habría sido frenado por las poblaciones que habitaban más al sur. Sin embargo, las evidencias arqueológicas de este proceso expansivo no son del todo coincidentes con los relatos de los cronistas. Existe una serie de indicios que señalarían que los incas arribaron a Chile Central unos 50 a 80 años antes de lo que indican las fuentes escritas. Por otra parte, los lugares efectivamente ocupados por representantes del Tawantinsuyo sólo se extienden por el sur hasta el Cerro Grande de La Compañía, ubicado tan sólo unos kilómetros al norte de la ciudad de Rancagua.

Se desconoce aún cuáles fueron las razones que tuvo el Tawantinsuyo para expandir sus fronteras hasta estas regiones, localizadas a casi 3 mil kilómetros de su capital. Entre las hipótesis que se han manejado se incluye la necesidad constante de incrementar los recursos económicos para un imperio que tenía como principal política económica la distribución de los recursos; los intereses de cada nuevo gobernante inca, quien estaba obligado a forjar su propia riqueza; y la atracción de los recursos mineros de estos territorios.

Sean cual fueren las razones que trajeron hasta aquí al Tawantisuyo, el tipo de lugares donde asentaron indica que su presencia en Chile Central estaba vinculada a intereses muy delimitados. A la vez, si bien se pueden encontrar ciertas evidencias que hablan de la estadía en estos territorios de personas venidas directamente del núcleo central del imperio, aparentemente la mayor parte del trabajo de conquista, así como la posterior ocupación y administración, estuvo en manos de miembros de poblaciones que habían sido en su momento también conquistadas por los incas, especialmente los Diaguitas de los valles del Norte Chico.

Una de las principales huellas de esta ocupación fue la construcción de obras viales y arquitectónicas que hasta ese momento eran completamente desconocidas en estas tierras. Especial mención merece el Camino del Inca, red vial que saliendo desde el Cuzco recorría toda las tierras bajo el mando del Inca reinante. Esta red permitía administrar en forma eficiente uno de los Imperios más extensos del mundo, ya que por él viajaban rápidamente las noticias, se desplazaba los ejércitos y servía para el movimiento expedito de los recursos económicos. Este camino contaba con una serie de tambos o posadas, cuya función era prestar asistencia a los mensajeros y caravanas que circulaban entre los diversos puntos del Imperio.

Los arqueólogos han encontrado fragmentos de dicho camino principalmente en la cordillera andina al norte del río Mapocho. Las crónicas españolas hablan de que el Camino del Inca llegaba, al menos, hasta la actual ciudad de Santiago, entrando desde el norte por la actual calle Independencia. Se han localizado también algunos de los tambos. Generalmente, éstos consisten en una serie de recintos rectangulares con muros de piedra y accesos abiertos hacia un pequeño espacio central.

Aparte de esta red vial, el dominio de los conquistadores cuzqueños se afianzaba merced a una serie de construcciones defensivas o pucarás, emplazados en las cimas de las colinas, desde donde era posible ver y controlar un amplio espacio. Los pucarás presentan muros defensivos que rodean un reducto localizado en la cumbre, donde, presumiblemente, habitaban guerreros y otros funcionarios que tenían por misión garantizar el dominio de los incas. Los mejor conservados de Chile Central se localizan en el Cerro Chena, cerca de San Bernardo, y en el ya mencionado Cerro Grande de La Compañía.

Los incas, sin embargo, no sólo trajeron a su ejército y a sus funcionarios a esta nueva tierra. Trajeron también a sus sacerdotes y con ellos, una serie de ritos y ceremonias que eran parte importante de la religión estatal. La evidencia más clara de este aspecto, está reflejada en los santuarios que fueron erigidos en algunas de las cumbres más elevadas de la cordillera andina. Entre otros ritos, en ellos se realizaron sacrificios de personas en honor a Inti, el Sol. En la cumbre de el cerro El Plomo, frente a Santiago, fue encontrado el cuerpo de un niño que, después de haber sido embriagado con chicha, fue sepultado vivo junto con una serie ofrendas dentro de una cámara construida en el piso de una plataforma. Igual ceremonia se practicó cerca de la cumbre del cerro Aconcagua, la máxima elevación de los Andes.

El Tawantinsuyo trajo también a estas tierras una serie de cambios en materias económicas. La utilización de camélidos domésticos, especialmente la llama, como animales de lana, carne y carga, fue tal vez una de las innovaciones más significativas, ya que todas las evidencias disponibles en la actualidad indican que, con anterioridad al arribo de los incas, sólo existía la captura y amansamiento de guanacos silvestres. Asimismo, la agricultura experimenta un importante impulso con la llegada de técnicas mucho más sofisticadas, tales como mejores sistemas de riego e incluso nuevos cultivos.

El impacto de la dominación inca sobre la población local de raigambre Aconcagua, se dejó sentir en distintos ámbitos de su vida. En primer lugar, tuvieron que interactuar directamente con una nueva población, la que si bien puede no haber sido muy numerosa, se encontraba en una situación ventajosa, constituyéndose en fuente de nuevas ideas y costumbres. La alfarería, que anteriormente había constituido un importante medio de expresión de la identidad de la sociedad Aconcagua, incorporó una serie de rasgos propios de las culturas Inca y Diaguita, proceso que supone la aceptación por parte de la población local de elementos foráneos. A juzgar por la rapidez con que ocurrió, este proceso debió ser forzado por la dominación ejercida por el Estado incaico. Por lo demás, las poblaciones locales debieron pagar impuestos al Tawantinsuyo, en la forma de bienes, especialmente minera-les, y por medio de la destinación de mano de obra para las empresas emprendidas por los cuzqueños.

La presencia de este Estado expansivo provocó la aparición de estructuras sociales y políticas completamente nuevas. Se instauraron autoridades que ostentaban un poder sobre la sociedad nunca antes conocido, representadas tanto por los administradores de los intereses incas en la región, como por personajes locales que, si bien existían previamente, ahora adquirieron un mayor protagonismo. A la vez, estas diferencias socio-políticas debieron conllevar distinciones económicas y de jerarquía entre los individuos y entre distintos segmentos de la sociedad.

Toda esta situación, sin embargo, sufriría un abrupto final con la llegada de nuevos conquistadores. Desde el otro lado del mundo y después de haber sometido a los aztecas y apoderarse de la capital del Tawantinsuyo, los españoles vienen para definir un nuevo mundo: uno en el cual las culturas autóctonas de Chile Central y del resto de América ya no tendrán cabida. Los indígenas se convierten en mano de obra barata para la instalación en estas tierras de una nueva sociedad colonial, que implantará los valores, usos y costumbres de la civilización cristiana. En este contexto, una cantidad importante de los descendientes de la cultura Aconcagua será rápidamente asimilada en la nueva cultura mestiza que se formará en torno a la actual ciudad de Santiago. Muchos de los nativos perecerán en los primeros años de dominación europea, como producto de los maltratos y abusos a que son sometidos por el nuevo régimen y por el contagio de enfermedades desconocidas en América en ese entonces, como la tuberculósis.

Este genocidio cultural y racial fue tan intenso que Chile Central, así como el Norte Chico, son desde principio del siglo XX los únicos territorios donde no existe población indígena en Chile. En estos Grandes Valles se ha perdido irremediablemente la riqueza cultural proveniente de una tradición de más de 11 mil años de antigüedad

 

 

 
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Los cazadores-recolectores

A fines del siglo XIX, durante la construcción de un canal para desaguar una antigua laguna cerca de San Vicente de Tagua Tagua, se encontró accidentalmente y a mucha profundidad fragmentos de huesos fosilizados que, por su tamaño, debían corresponder a partes del esqueleto de varios mastodontes, variante sudamericana de los mamuts, ambos parientes cercanos de los actuales elefantes de Africa y Asia. Estos animales habitaron estos parajes hace muchos milenios y, junto con muchas otras grandes especies herbívoras, denominadas megafauna, como el caballo americano, el milodon y la paleolama, se extinguieron debido a cambios climáticos ocurridos en todo el mundo hace unos 8 mil años a.C., con motivo del fin de la última glaciación.

Sobre la base de este antecedente, a principio de los años sesenta y durante los años ochenta, dos grupos de arqueólogos realizaron en ese mismo lugar excavaciones con la intención de probar aquí una interesante hipótesis: la coexistencia entre estos animales extinguidos y los primeros seres humanos que habitaron el territorio. El resultado de las investigaciones fue muy exitoso, ya que se lograron recuperar claras evidencias de dicha coexistencia, especialmente algunas herramientas de piedra encontradas entre los huesos de dichos animales.

Estos antiguos grupos humanos, que los arqueólogos han ubicados en un período cultural llamado Paleoindio, llegaron a este territorio entre 10 y 11 mil años a.C., después de un largo proceso de migración. Esta había comenzado unos 8 mil años antes, cuando sus ancestros cruzaron el estrecho de Bering, en ese entonces un puente de tierra que unía los actuales territorios de Siberia y Alaska. Hoy es poco lo que sabemos sobre ellos, ya que en general se han encontrado muy escasos lugares que aún conserven evidencias de su presencia. De hecho, en Chile Central el hallazgo realizado en la laguna de Tagua Tagua repre-senta el único donde la presencia de grupos paleoindios a sido verificada científicamente.

Estas poblaciones debieron estar compuestas por pequeños grupos familiares que se desplazaban libremente por el territorio, obteniendo sus sustento de una amplia gama de recursos animales y vegetales. No obstante, la caza de grandes animales hoy extinguidos es su actividad de subsistencia más conocida por los arqueólogos, ya que muchos de los sitios descubiertos en el continente corresponden a lugares de caza y faenamiento de animales.

Tagua Tagua es justamente uno de estos lugares. Las evidencias que ahí quedaron hablan de una playa de la antigua laguna, donde los cazadores acecharon y mataron mastodontes, caballos americanos y ciervos que se encontraban ahí bebiendo agua, entrampándolos en el borde pantanoso. Para este propósito los cazadores utilizaron grandes bloques de piedra que arrojaron a los animales y lanzas armadas con filosas puntas de cuarzo cristalino finamente tallada. Una vez muertos los animales, fueron faenados en el mismo lugar, extrayéndoseles la carne, la grasa y algunos huesos, para lo cual se utilizaron cuchillos y raederas talladas en piedra, así como piedras con filos naturales cortantes. Finalmente, los cazadores se llevaron las presas menos voluminosas a otro sitio, el cual por ahora se desconoce, pero que debió ser el campamento donde habitaba el resto de la familia.

Ciertas herramientas utilizadas por estos hombres quedaron en el lugar, mezcladas con los huesos de los animales. Algunos de estos huesos presentan, además, claras huellas dejadas por los instrumentos utilizados para cortar la carne y separar las distintas presas del animal. Son éstas las evidencias que permiten a los arqueólogos afirmar que en este lugar se habría verificado una muy antigua ocupación humana, la cual ha sido fechada por el método del radiocarbón entre 8 mil y 9 mil 500 años a.C.

Aunque no sabemos mucho sobre otras actividades de subsistencia que realizaban estos grupos, tales como la recolección de especies vegetales o la caza de animales pequeños, es evidente que el modo de vida de estos cazadores estaba muy estrechamente relacionado con los grandes animales que constituían sus presas de caza. Por esta razón, la extinción de esta megafauna, producto de los grandes cambios ambientales que ocurren a fines de la última glaciación, provoca también profundas transformaciones en la cultura y vida de estos primeros conquistadores de Chile Central. Quizás paradojalmente, hacia el décimo milenio antes del presente, estos cazadores estaban contribuyendo a la extinción de los últimos mastodontes, caballos y otros animales, cazándolos en lugares como la antigua laguna de Tagua Tagua. Los grandes cambios climáticos que estaban en curso, hacían de ésta una suerte de refugio para estos grandes herbívoros, ya que otras partes se habían tornado inhabitables para ellos.

La extinción de la megafauna obligó a reorientar las actividades de los cazadores, estimulando profundos cambios sociales y culturales, todos los cuales han hecho a los arqueólogos definir un nuevo período cultural, llamado Arcaico, que tendría su inicio alrededor del año 8 mil a.C. A partir de entonces comenzarán a ser más importantes para la alimentación y obtención de materias primas otros animales que sobrevivieron el impacto de los cambios ecológicos o que, incluso, se vieron favorecidos por ellos. Estos animales, la mayor parte de los cuales ha subsistido hasta el presente, eran en general de menor tamaño y mayor movilidad que la megafauna. Entre los más apetecidos estaban el guanaco y huemul, pero también los zorros, pájaros y roedores. Huellas de estos cazadores arcaicos se pueden encontrar en refugios localizados entre rocas y cuevas en la cordillera andina, en lugares como Piuquenes en el río Aconcagua o El Manzano en el río Maipo, con fechas iniciales que oscilan entre 8200 y 7850 años a.C.

Este nuevo modo de vida de pequeños grupos nómades que obtienen sus sustento directamente de la naturaleza, durará poco más de 7 mil años en este territorio. Durante este lapso, no obstante, la cultura sufre una serie de importantes cambios, relacionados tanto con su subsistencia como con su tecnología y organización social. Algunos de estos cambios se pueden apreciar en sitios como los arriba señalados, los que fueron reiteradamente utilizados como campamentos habitacionales durante muchos milenios, así como en otros, tales como el cementerio de Cuchipuy, ubicado en el borde la laguna de Tagua Tagua, un lugar intensamente utilizado por estos grupos entre los años 6000 y 3700 a.C.

El trabajo de la piedra, tecnología fundamental para la confección de herramientas en un mundo donde aún no se conocían los metales, es uno de los aspectos que sufre transformaciones más características a través del tiempo. Las grandes puntas talladas, que constituían la parte punzante de los dardos de los primeros tiempos, cambian a partir del séptimo milenio antes de presente. Sus formas se modifican y se reducen en tamaño, probablemente, como producto de cambios en la manera de usar los dardos. También se introducen innovaciones en el diseño de otras herramientas de piedra, tales como cuchillos, raspadores y cepillos, para desempeñar funciones más especializadas.

La economía parece ser uno de los motores de estos cambios, ya que en ella se comienza a gestar una de las innovaciones más significativas en estas sociedades. La creciente importancia que van adquiriendo los vegetales silvestres como recursos para la alimentación, se ve reflejada en el significativo aumento de los implementos de molienda. En el cementerio de Cuchipuy, por ejemplo, muchos difuntos son enterrados juntos con morteros o manos de moler confeccionados en piedra. La modificación de la economía de estas poblaciones es probable que conllevara la disminución en la movilidad característica de la vida nómade. Esto es particularmente notorio en el uso reiterado por muchos milenios de Cuchipuy como lugar de entierro de un número relativamente alto de personas.

En la costa se vive un proceso similar al de los valles del interior. Su antecedente más antiguo, hace unos 8 mil 500 años, se encuentra en Punta Curaumilla, unos 30 kilometros al sur de Valparaíso En este caso fue el mar el que ofreció los recursos para la subsistencia de estos grupos Arcaicos, los cuales se especializaron en la explotación de moluscos, peces, crustáceos y mamíferos marinos. Cazadores y recolectores costeros como éstos produjeron algunos de los basureros de conchas o conchales, tan comunes a lo largo de todas las playas y roquerios del litoral central. Algunos de los más extensos y comunes de estos sitios corresponden a grupos que los arqueólogos han denominado complejo Papudo.

Los primeros horticultores y ceramistas

En las postrimerías del último milenio antes de Cristo se manifiestan en Chile Central las primeras evidencias de uno de los cambios más notables ocurridos en muchas partes del mundo: el cultivo de plantas domesticadas y, por lo tanto, el tránsito hacia una subsistencia basada en la producción de alimentos y en el sedentarismo. Este proceso, que introducirá profundas modificaciones en casi todos los aspectos de la cultura, se desarrolla de manera muy lenta, pasando básicamente por tres estados: la experimentación, el cultivo en pequeña escala o horticultura y el cultivo en gran escala o agricultura. Paralelo a la revolución de los cultivos, e inclusive con fechas levemente anteriores a ella, en Chile Central, como en muchas otras partes del planeta, surge un tipo de producción artesanal que requiere conocer complejas tecnologías. Una de estas artesanías y que mejor define las diferencias entre distintas culturas prehistóricas, es la alfarería.

En Chile Central no hay por ahora claridad acerca del origen de estas dos importantes tecnologías. Hasta el momento no se han encontrado restos que permitan ver la fase de experimentación en la domesticación de plantas, la que sí se ha documentado en territorios de más al norte. Igual cosa ocurre con la alfarería, ya que las cerámicas más antiguas, con fechas de alrededor de 860 a.C., localizadas en Punta Curaumilla, parecen estar ya desarrolladas, esto es, sin evidencias de un previo proceso de invención y experimentación en la región.

Por ahora, pareciera que estas dos innovaciones llegan a la zona a partir de desarrollos que tienen lugar en regiones más septentrionales, sin que aún este claro si provienen del Norte Chico o el Noroeste Argentino. Tampoco está es claro todavía si esta revolución estuvo asociada a la llegada de una nueva población, o si, por el contrario, fueron los mismo cazadores-recolectores de Chile Central los que adoptaron y desarrollaron estas nuevas tecnologías foráneas. No obstante, los cazadores y recolectores de tradición arcaica nunca fueron desplazados del todo por la nueva cultura, ya que este modo de vida se mantendrá vigente hasta tiempos históricos en territorios marginales, especialmente en la cordillera andina.

A partir de 300 años a.C., en Chile Central se puede identificar con claridad la presencia de grupos humanos horticultores y alfareros, los que han sido asignados por los arqueólogos al período Agroalfarero Temprano.

En muchos aspectos el modo de vida de estas nuevas poblaciones no difería mucho en sus inicios de los antiguos cazadores, ya que buena parte de su sustento venía de la caza y la recolección. A la vez, conservaban todavía algo de la vida nómade de sus antecesores. Los cultivos fueron tomando importancia a medida que pasaba el tiempo. Probablemente, el proceso comenzó con la producción de calabazas, que serían utilizadas principalmente como recipientes. Con posterioridad, se incorporan plantas netamente alimenticias como los porotos, la quinua y el maíz.

En general, las poblaciones de este período exhiben una serie de características comunes, las que han sido son especialmente documentadas en el territorio que se extiende entre los ríos Aconcagua y Cachapoal. Si embargo, no fueron homogéneas desde el punto de vista cultural, coexistiendo y desarrollándose a través del tiempo distintos grupos con una infinidad de diferencias en detalles importantes de su cultura. Esta situación es propia del nivel de desarrollo en que se encontraban estos pueblos, el que se caracteriza por la falta de cualquier forma de poder o autoridad central y donde las familias independientes constituyen el principal núcleo demográfico. Los estudios arqueológicos han permitido delimitar con alguna precisión algunos de estos grupos.

En la costa, entre los años 200 a.C. y 100 d.C., los arqueólogos han encontrado los restos dejados por pequeñas comunidades agroalfareras. Es posible que sean descendientes directas de los cazadores del Arcaico, pero ya cuentan con cerámicas muy sencillas y, sólo hipotéticamente, con cultivos. es el caso de sitios como el excavado en los terrenos de la ENAP en Concon, y en los valles del interior, tales como en el sitio Radio Estación Naval de la Quinta Normal, en Santiago.

Entre 250 a.C. y 600 d.C., se distingue otro grupo que los arqueólogos han llamado Bato. Sus restos se han encontrado especialmente en lugares como Papudo, Ritoque y San Antonio. Se trata de pequeñas unidades familiares, cuyo modo de vida, si no fuera por la presencia de la tecnología alfarera y de muy escasos cultivos, no se diferenciaba mucho de las antiguas poblaciones del período Arcaico. Usualmente, este grupo enterraba a sus muertos en forma aislada, bajo el piso de sus habitaciones. Su único ajuar mortuorio son los tembetás, un adorno que insertaban entre el labio inferior y el mentón.

En la costa tiene su centro también el grupo Llolleo, sin duda una de las sociedades mejor conocidas de este período. Esta es levemente más tardía que las anteriores, con fechas que se extienden entre los año 150 y 900 d.C. Este grupo se caracteriza por detentar una mayor densidad poblacional y por sitios habitacionales de mayores dimensiones. Sus restos se han encontrado en lugares como Las Cruces y Algarrobo.

Económicamente, en esta etapa seguían siendo importantes la caza y recolección de productos del mar y de tierra firme, aunque la presencia de cultivos, tales como la quinua y el maíz, iba ganando importancia en la subsistencia. Al igual que los demás grupos mencionados, la gente Llolleo enterraba a sus muertos bajo el piso de sus viviendas, formando en algunos casos pequeños cementerios, pero acompañados de un ajuar funerario mucho más variado y rico que en los casos anteriores, incluyendo recipientes de cerámica, adornos corporales, piedras horadadas e instrumentos de molienda. Los párvulos, por su parte, eran sepultados dentro de urnas de cerámica.

Todas estas características sugieren que Llolleo fue una sociedad un poco más compleja que las otras pertenecientes a este período. El uso de deformaciones intencionales de la cabeza, una práctica muy común en la América precolombina y sin efectos nocivos desde el punto de vista biológico, puede ser indicio del surgimiento de diferencias sociales más allá de las familiares.

En los grandes valles del interior y la cordillera, en cambio, es más difícil definir grupos culturales claramente distintos, en parte, debido a que aquí se ha realizado mucho menos investigación sistemática y ésta se ha concentrado sólo en algunos sitios. No obstante, parece claro que los dos principales grupos definidos en la costa, Bato y Llolleo, también están presente aquí, aunque presentando ciertas peculiaridades locales. Estas pueden deberse tanto a que en la economía de los valles interiores fue más importante la horticultura como a la probable presencia de otros grupos aún no bien definidos por la arqueología. Un ejemplo de estos últimos podría ser el sitio cordillerano de Chacayes, un importante cementerio con ajuares funerarios muy peculiares, que recuerdan fuertemente a objetos encontrados en cementerios de la cultura El Molle del Norte Chico.

Los agricultores

Hacia el año 900 d.C., cuando los grupos Llolleo y de otras tradiciones del perído Agroalfarero Temprano todavía dominaban el norte del territorio de Chile Central, es posible verificar la presencia de un nuevo grupo. Los arqueólogos lo denominan Aconcagua y lo asignan al período Agroalfarero Intermedio Tardío. Esta gente se extendió rápidamente entre los ríos Aconcagua y Cachapoal, con una población muy numerosa que se asentó en la costa, en los grandes valles de la depresión intermedia y en los cajones cordilleranos. Es probable que al principio compartiera el territorio con algunos pequeños grupos de horticultores, los que se mantuvieron en sitios que presentan fechas finales posteriores al año 900 d.C. Ejemplos de éstos se han estudiado en el río Colorado del Cajón del Maipo y en el extenso asentamiento encontrado en los terreno del diario El Mercurio, junto al río Mapocho.

El origen de la población Aconcagua no es todavía suficientemente claro, aunque una de la hipótesis más aceptadas propone que no descendía de los grupos del período Agroalfarero Temprano. En realidad, no se aprecia en ella ningún rasgo que pudiera ser producto de una evolución desde la cultura de los primeros horticultores. Más aún, muchos de sus elementos más característicos parecen ser antagónicos con el modo de vida reinante en la región en tiempos anteriores. Así, todo indica que estamos frente a un gran cambio en la prehistoria de esta área que podría ser el producto del arribo de una nueva población, proceso que aún presenta grandes incógnitas para los arqueólogos. Se ignora por qué esta gente se afinca en este territorio y sólo se cuenta con algunas hipótesis muy preliminares acerca de su lugar de origen. Estas establecen ciertos lazos con culturas del noroeste argentino y del altiplano de Bolivia, y se basan, principalmente, en elementos de la decoración de las vasijas de cerámica y en determinados aspectos de la organización social imperante en la cultura Aconcagua.

Aun así, todavía no se puede descartar completamente que esta cultura tenga su origen en los horticultores que la precedieron, no como producto de un lento proceso de evolución, sino como un cambio revolucionario, que se opuso a la antigua forma de vida y desarrolló otra que es, en muchos aspectos, antagónica con la de sus antecesores. Este cambio súbito puede haber comenzado con la llegada de nuevas ideas y tecnologías, probablemente provenientes del norte, las cuales habrían sido tomadas y adaptadas rápidamente por una parte importante de la población. Esta puede ser la razón por lo cual mucho de los elementos culturales de Aconcagua exhiben una impronta que es reminiscente de las tradiciones culturales donde dichas ideas se habrían generado.

La cultura Aconcagua tuvo sus principales centros en las cuencas de los ríos Aconcagua, Mapocho y Maipo, donde establecieron pequeños conjuntos habitacionales de no más de un docena de casas. Las viviendas eran construidas con barro, paja y coligües. Es el caso de las encontradas en la rinconada de Huechún o en la confluencia del estero El Manzano con el río Maipo. En estos pequeños villorrios convivían probablemente una serie de familias unidas por lazos de parentesco, dedicándose a la plantación de una diversidad de cultivos, tales como la quinua y el maíz, criando algunos guanacos amansados y sin dejar de lado las antiguas prácticas de caza y recolección. Ciertos asentamientos, ubicados en lugares determinados, tuvieron una especialización en la producción de determinados recursos: en la costa, estaban dedicados especialmente a la recolección de mariscos, mientras que en algunos lugares de la cordillera explotaban minas de cobre.

Entre los sitios más importantes de la gente de Aconcagua están sus cementerios. Estos constituían verdaderas necrópolis, que cumplían un importante rol social y religioso dentro de la comunidad. Se caracterizan por grandes concentraciones de tumbas construidas como montículos de tierra o túmulos, con una altura que va desde unos 30 centímetros a un par de metros. Bajo ellos los muertos, enterrados individual o colectivamente, fueron acompañados de un ajuar compuesto de vasijas de cerámica, aros de cobre, collares y otras clases de objetos. Algunos de los más importantes se encuentran cerca de San Felipe y en Lampa.

Aparentemente, esta sociedad tuvo niveles de organización social que trascendían los lazos puramente familiares. Los individuos reconocían la existencia de una instancia social superior, a la cual pertenecían sin importar sus distintos orígenes familiares. Este autorreconocimiento como miembros de una misma sociedad o etnia era expresado tanto por la mantención de una serie de obligaciones y derechos entre los individuos, como por la existencia de una serie de símbolos que representaban a la sociedad. Destaca entre ellos un diseño, llamado por los arqueólogos "trinacrio", que habitualmente pintaban en los platos de cerámica utilizados en la vida diaria y en el ajuar mortuorio.

La decoración de la alfarería permite suponer que dentro de la sociedad Aconcagua existían al menos dos amplios grupos, uno asentado en la cuenca del río Aconcagua y el otro localizado en las cuencas de los ríos Mapocho y Maipo. Si bien ambos se reconocían como pertenecientes a la misma cultura, por razones que aún se desconocen hicieron un esfuerzo por diferenciarse, utilizando para ello la fuerza simbólica de la forma y distribución de los dibujos geométricos aplicados en la cerámica. Este tipo de organización social dual recuerda a aquella imperante en las sociedades andinas del Perú, Bolivia y el norte de Chile a la llegada de los españoles. Se caracterizaba esta organización por la existencia de una división de la sociedad en dos mitades complementarias, cada una con sus propios jefes, los que eran simbólicamente considerados como hermanos.

Con posterioridad a su período de formación, esta sociedad tuvo un desarrollo más bien autónomo, sin que sean muy evidentes relaciones interculturales marcadas con otros pueblos de los territorios adyacentes. Es casi imposible encontrar elementos culturales Aconcagua fuera de su territorio nuclear, salvo unos pocos fragmentos de alfarería recolectados en sitios precordilleranos de la Provincia de Cuyo, en Argentina. Del mismo modo, es posible advertir la presencia sólo de algunas pocas influencias procedentes de las culturas Diaguita y Animas del Norte Chico, las que se presentan muy localizadamente.

La llegada de los conquistadores

La aparente autonomía del desarrollo cultural de la región de Chile Central tendría a mediados del siglo XV un cambio rotundo, a partir de la incorporación de este territorio y su gente al Imperio Inca o Tawantinsuyu, inaugurándose lo que los arqueólogos denominan Período Agroalfarero Tardío. Como en muchas otras partes de los Andes, este proceso ocurrió de manera bastante rápida y violenta, significando para las poblaciones Aconcagua la pérdida de su independencia política, así como una serie de cambios en su modo de vida.

De acuerdo a las crónicas escritas por los españoles, la conquista de estos valles --incluidos lo que los Inkas denominaron el Kollasuyu-- se habría verificado aproximadamente entre 1470 y 1493 d.C., durante el mandato en el Cuzco de Topa Inca Yupanqui. De acuerdo a algunas fuentes, los incas llegaron en su avance hacia el sur hasta las riberas del río Maule, lugar donde su ejército habría sido frenado por las poblaciones que habitaban más al sur. Sin embargo, las evidencias arqueológicas de este proceso expansivo no son del todo coincidentes con los relatos de los cronistas. Existe una serie de indicios que señalarían que los incas arribaron a Chile Central unos 50 a 80 años antes de lo que indican las fuentes escritas. Por otra parte, los lugares efectivamente ocupados por representantes del Tawantinsuyo sólo se extienden por el sur hasta el Cerro Grande de La Compañía, ubicado tan sólo unos kilómetros al norte de la ciudad de Rancagua.

Se desconoce aún cuáles fueron las razones que tuvo el Tawantinsuyo para expandir sus fronteras hasta estas regiones, localizadas a casi 3 mil kilómetros de su capital. Entre las hipótesis que se han manejado se incluye la necesidad constante de incrementar los recursos económicos para un imperio que tenía como principal política económica la distribución de los recursos; los intereses de cada nuevo gobernante inca, quien estaba obligado a forjar su propia riqueza; y la atracción de los recursos mineros de estos territorios.

Sean cual fueren las razones que trajeron hasta aquí al Tawantisuyo, el tipo de lugares donde asentaron indica que su presencia en Chile Central estaba vinculada a intereses muy delimitados. A la vez, si bien se pueden encontrar ciertas evidencias que hablan de la estadía en estos territorios de personas venidas directamente del núcleo central del imperio, aparentemente la mayor parte del trabajo de conquista, así como la posterior ocupación y administración, estuvo en manos de miembros de poblaciones que habían sido en su momento también conquistadas por los incas, especialmente los Diaguitas de los valles del Norte Chico.

Una de las principales huellas de esta ocupación fue la construcción de obras viales y arquitectónicas que hasta ese momento eran completamente desconocidas en estas tierras. Especial mención merece el Camino del Inca, red vial que saliendo desde el Cuzco recorría toda las tierras bajo el mando del Inca reinante. Esta red permitía administrar en forma eficiente uno de los Imperios más extensos del mundo, ya que por él viajaban rápidamente las noticias, se desplazaba los ejércitos y servía para el movimiento expedito de los recursos económicos. Este camino contaba con una serie de tambos o posadas, cuya función era prestar asistencia a los mensajeros y caravanas que circulaban entre los diversos puntos del Imperio.

Los arqueólogos han encontrado fragmentos de dicho camino principalmente en la cordillera andina al norte del río Mapocho. Las crónicas españolas hablan de que el Camino del Inca llegaba, al menos, hasta la actual ciudad de Santiago, entrando desde el norte por la actual calle Independencia. Se han localizado también algunos de los tambos. Generalmente, éstos consisten en una serie de recintos rectangulares con muros de piedra y accesos abiertos hacia un pequeño espacio central.

Aparte de esta red vial, el dominio de los conquistadores cuzqueños se afianzaba merced a una serie de construcciones defensivas o pucarás, emplazados en las cimas de las colinas, desde donde era posible ver y controlar un amplio espacio. Los pucarás presentan muros defensivos que rodean un reducto localizado en la cumbre, donde, presumiblemente, habitaban guerreros y otros funcionarios que tenían por misión garantizar el dominio de los incas. Los mejor conservados de Chile Central se localizan en el Cerro Chena, cerca de San Bernardo, y en el ya mencionado Cerro Grande de La Compañía.

Los incas, sin embargo, no sólo trajeron a su ejército y a sus funcionarios a esta nueva tierra. Trajeron también a sus sacerdotes y con ellos, una serie de ritos y ceremonias que eran parte importante de la religión estatal. La evidencia más clara de este aspecto, está reflejada en los santuarios que fueron erigidos en algunas de las cumbres más elevadas de la cordillera andina. Entre otros ritos, en ellos se realizaron sacrificios de personas en honor a Inti, el Sol. En la cumbre de el cerro El Plomo, frente a Santiago, fue encontrado el cuerpo de un niño que, después de haber sido embriagado con chicha, fue sepultado vivo junto con una serie ofrendas dentro de una cámara construida en el piso de una plataforma. Igual ceremonia se practicó cerca de la cumbre del cerro Aconcagua, la máxima elevación de los Andes.

El Tawantinsuyo trajo también a estas tierras una serie de cambios en materias económicas. La utilización de camélidos domésticos, especialmente la llama, como animales de lana, carne y carga, fue tal vez una de las innovaciones más significativas, ya que todas las evidencias disponibles en la actualidad indican que, con anterioridad al arribo de los incas, sólo existía la captura y amansamiento de guanacos silvestres. Asimismo, la agricultura experimenta un importante impulso con la llegada de técnicas mucho más sofisticadas, tales como mejores sistemas de riego e incluso nuevos cultivos.

El impacto de la dominación inca sobre la población local de raigambre Aconcagua, se dejó sentir en distintos ámbitos de su vida. En primer lugar, tuvieron que interactuar directamente con una nueva población, la que si bien puede no haber sido muy numerosa, se encontraba en una situación ventajosa, constituyéndose en fuente de nuevas ideas y costumbres. La alfarería, que anteriormente había constituido un importante medio de expresión de la identidad de la sociedad Aconcagua, incorporó una serie de rasgos propios de las culturas Inca y Diaguita, proceso que supone la aceptación por parte de la población local de elementos foráneos. A juzgar por la rapidez con que ocurrió, este proceso debió ser forzado por la dominación ejercida por el Estado incaico. Por lo demás, las poblaciones locales debieron pagar impuestos al Tawantinsuyo, en la forma de bienes, especialmente minera-les, y por medio de la destinación de mano de obra para las empresas emprendidas por los cuzqueños.

La presencia de este Estado expansivo provocó la aparición de estructuras sociales y políticas completamente nuevas. Se instauraron autoridades que ostentaban un poder sobre la sociedad nunca antes conocido, representadas tanto por los administradores de los intereses incas en la región, como por personajes locales que, si bien existían previamente, ahora adquirieron un mayor protagonismo. A la vez, estas diferencias socio-políticas debieron conllevar distinciones económicas y de jerarquía entre los individuos y entre distintos segmentos de la sociedad.

Toda esta situación, sin embargo, sufriría un abrupto final con la llegada de nuevos conquistadores. Desde el otro lado del mundo y después de haber sometido a los aztecas y apoderarse de la capital del Tawantinsuyo, los españoles vienen para definir un nuevo mundo: uno en el cual las culturas autóctonas de Chile Central y del resto de América ya no tendrán cabida. Los indígenas se convierten en mano de obra barata para la instalación en estas tierras de una nueva sociedad colonial, que implantará los valores, usos y costumbres de la civilización cristiana. En este contexto, una cantidad importante de los descendientes de la cultura Aconcagua será rápidamente asimilada en la nueva cultura mestiza que se formará en torno a la actual ciudad de Santiago. Muchos de los nativos perecerán en los primeros años de dominación europea, como producto de los maltratos y abusos a que son sometidos por el nuevo régimen y por el contagio de enfermedades desconocidas en América en ese entonces, como la tuberculósis.

Este genocidio cultural y racial fue tan intenso que Chile Central, así como el Norte Chico, son desde principio del siglo XX los únicos territorios donde no existe población indígena en Chile. En estos Grandes Valles se ha perdido irremediablemente la riqueza cultural proveniente de una tradición de más de 11 mil años de antigüedad

 

 

 
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EL PAIS DE LOS GRANDES VALLES:
Prehistoria de Chile Central
Luis E. Cornejo B.

Los cazadores-recolectores

A fines del siglo XIX, durante la construcción de un canal para desaguar una antigua laguna cerca de San Vicente de Tagua Tagua, se encontró accidentalmente y a mucha profundidad fragmentos de huesos fosilizados que, por su tamaño, debían corresponder a partes del esqueleto de varios mastodontes, variante sudamericana de los mamuts, ambos parientes cercanos de los actuales elefantes de Africa y Asia. Estos animales habitaron estos parajes hace muchos milenios y, junto con muchas otras grandes especies herbívoras, denominadas megafauna, como el caballo americano, el milodon y la paleolama, se extinguieron debido a cambios climáticos ocurridos en todo el mundo hace unos 8 mil años a.C., con motivo del fin de la última glaciación.

Sobre la base de este antecedente, a principio de los años sesenta y durante los años ochenta, dos grupos de arqueólogos realizaron en ese mismo lugar excavaciones con la intención de probar aquí una interesante hipótesis: la coexistencia entre estos animales extinguidos y los primeros seres humanos que habitaron el territorio. El resultado de las investigaciones fue muy exitoso, ya que se lograron recuperar claras evidencias de dicha coexistencia, especialmente algunas herramientas de piedra encontradas entre los huesos de dichos animales.

Estos antiguos grupos humanos, que los arqueólogos han ubicados en un período cultural llamado Paleoindio, llegaron a este territorio entre 10 y 11 mil años a.C., después de un largo proceso de migración. Esta había comenzado unos 8 mil años antes, cuando sus ancestros cruzaron el estrecho de Bering, en ese entonces un puente de tierra que unía los actuales territorios de Siberia y Alaska. Hoy es poco lo que sabemos sobre ellos, ya que en general se han encontrado muy escasos lugares que aún conserven evidencias de su presencia. De hecho, en Chile Central el hallazgo realizado en la laguna de Tagua Tagua repre-senta el único donde la presencia de grupos paleoindios a sido verificada científicamente.

Estas poblaciones debieron estar compuestas por pequeños grupos familiares que se desplazaban libremente por el territorio, obteniendo sus sustento de una amplia gama de recursos animales y vegetales. No obstante, la caza de grandes animales hoy extinguidos es su actividad de subsistencia más conocida por los arqueólogos, ya que muchos de los sitios descubiertos en el continente corresponden a lugares de caza y faenamiento de animales.

Tagua Tagua es justamente uno de estos lugares. Las evidencias que ahí quedaron hablan de una playa de la antigua laguna, donde los cazadores acecharon y mataron mastodontes, caballos americanos y ciervos que se encontraban ahí bebiendo agua, entrampándolos en el borde pantanoso. Para este propósito los cazadores utilizaron grandes bloques de piedra que arrojaron a los animales y lanzas armadas con filosas puntas de cuarzo cristalino finamente tallada. Una vez muertos los animales, fueron faenados en el mismo lugar, extrayéndoseles la carne, la grasa y algunos huesos, para lo cual se utilizaron cuchillos y raederas talladas en piedra, así como piedras con filos naturales cortantes. Finalmente, los cazadores se llevaron las presas menos voluminosas a otro sitio, el cual por ahora se desconoce, pero que debió ser el campamento donde habitaba el resto de la familia.

Ciertas herramientas utilizadas por estos hombres quedaron en el lugar, mezcladas con los huesos de los animales. Algunos de estos huesos presentan, además, claras huellas dejadas por los instrumentos utilizados para cortar la carne y separar las distintas presas del animal. Son éstas las evidencias que permiten a los arqueólogos afirmar que en este lugar se habría verificado una muy antigua ocupación humana, la cual ha sido fechada por el método del radiocarbón entre 8 mil y 9 mil 500 años a.C.

Aunque no sabemos mucho sobre otras actividades de subsistencia que realizaban estos grupos, tales como la recolección de especies vegetales o la caza de animales pequeños, es evidente que el modo de vida de estos cazadores estaba muy estrechamente relacionado con los grandes animales que constituían sus presas de caza. Por esta razón, la extinción de esta megafauna, producto de los grandes cambios ambientales que ocurren a fines de la última glaciación, provoca también profundas transformaciones en la cultura y vida de estos primeros conquistadores de Chile Central. Quizás paradojalmente, hacia el décimo milenio antes del presente, estos cazadores estaban contribuyendo a la extinción de los últimos mastodontes, caballos y otros animales, cazándolos en lugares como la antigua laguna de Tagua Tagua. Los grandes cambios climáticos que estaban en curso, hacían de ésta una suerte de refugio para estos grandes herbívoros, ya que otras partes se habían tornado inhabitables para ellos.

La extinción de la megafauna obligó a reorientar las actividades de los cazadores, estimulando profundos cambios sociales y culturales, todos los cuales han hecho a los arqueólogos definir un nuevo período cultural, llamado Arcaico, que tendría su inicio alrededor del año 8 mil a.C. A partir de entonces comenzarán a ser más importantes para la alimentación y obtención de materias primas otros animales que sobrevivieron el impacto de los cambios ecológicos o que, incluso, se vieron favorecidos por ellos. Estos animales, la mayor parte de los cuales ha subsistido hasta el presente, eran en general de menor tamaño y mayor movilidad que la megafauna. Entre los más apetecidos estaban el guanaco y huemul, pero también los zorros, pájaros y roedores. Huellas de estos cazadores arcaicos se pueden encontrar en refugios localizados entre rocas y cuevas en la cordillera andina, en lugares como Piuquenes en el río Aconcagua o El Manzano en el río Maipo, con fechas iniciales que oscilan entre 8200 y 7850 años a.C.

Este nuevo modo de vida de pequeños grupos nómades que obtienen sus sustento directamente de la naturaleza, durará poco más de 7 mil años en este territorio. Durante este lapso, no obstante, la cultura sufre una serie de importantes cambios, relacionados tanto con su subsistencia como con su tecnología y organización social. Algunos de estos cambios se pueden apreciar en sitios como los arriba señalados, los que fueron reiteradamente utilizados como campamentos habitacionales durante muchos milenios, así como en otros, tales como el cementerio de Cuchipuy, ubicado en el borde la laguna de Tagua Tagua, un lugar intensamente utilizado por estos grupos entre los años 6000 y 3700 a.C.

El trabajo de la piedra, tecnología fundamental para la confección de herramientas en un mundo donde aún no se conocían los metales, es uno de los aspectos que sufre transformaciones más características a través del tiempo. Las grandes puntas talladas, que constituían la parte punzante de los dardos de los primeros tiempos, cambian a partir del séptimo milenio antes de presente. Sus formas se modifican y se reducen en tamaño, probablemente, como producto de cambios en la manera de usar los dardos. También se introducen innovaciones en el diseño de otras herramientas de piedra, tales como cuchillos, raspadores y cepillos, para desempeñar funciones más especializadas.

La economía parece ser uno de los motores de estos cambios, ya que en ella se comienza a gestar una de las innovaciones más significativas en estas sociedades. La creciente importancia que van adquiriendo los vegetales silvestres como recursos para la alimentación, se ve reflejada en el significativo aumento de los implementos de molienda. En el cementerio de Cuchipuy, por ejemplo, muchos difuntos son enterrados juntos con morteros o manos de moler confeccionados en piedra. La modificación de la economía de estas poblaciones es probable que conllevara la disminución en la movilidad característica de la vida nómade. Esto es particularmente notorio en el uso reiterado por muchos milenios de Cuchipuy como lugar de entierro de un número relativamente alto de personas.

En la costa se vive un proceso similar al de los valles del interior. Su antecedente más antiguo, hace unos 8 mil 500 años, se encuentra en Punta Curaumilla, unos 30 kilometros al sur de Valparaíso En este caso fue el mar el que ofreció los recursos para la subsistencia de estos grupos Arcaicos, los cuales se especializaron en la explotación de moluscos, peces, crustáceos y mamíferos marinos. Cazadores y recolectores costeros como éstos produjeron algunos de los basureros de conchas o conchales, tan comunes a lo largo de todas las playas y roquerios del litoral central. Algunos de los más extensos y comunes de estos sitios corresponden a grupos que los arqueólogos han denominado complejo Papudo.

Los primeros horticultores y ceramistas

En las postrimerías del último milenio antes de Cristo se manifiestan en Chile Central las primeras evidencias de uno de los cambios más notables ocurridos en muchas partes del mundo: el cultivo de plantas domesticadas y, por lo tanto, el tránsito hacia una subsistencia basada en la producción de alimentos y en el sedentarismo. Este proceso, que introducirá profundas modificaciones en casi todos los aspectos de la cultura, se desarrolla de manera muy lenta, pasando básicamente por tres estados: la experimentación, el cultivo en pequeña escala o horticultura y el cultivo en gran escala o agricultura. Paralelo a la revolución de los cultivos, e inclusive con fechas levemente anteriores a ella, en Chile Central, como en muchas otras partes del planeta, surge un tipo de producción artesanal que requiere conocer complejas tecnologías. Una de estas artesanías y que mejor define las diferencias entre distintas culturas prehistóricas, es la alfarería.

En Chile Central no hay por ahora claridad acerca del origen de estas dos importantes tecnologías. Hasta el momento no se han encontrado restos que permitan ver la fase de experimentación en la domesticación de plantas, la que sí se ha documentado en territorios de más al norte. Igual cosa ocurre con la alfarería, ya que las cerámicas más antiguas, con fechas de alrededor de 860 a.C., localizadas en Punta Curaumilla, parecen estar ya desarrolladas, esto es, sin evidencias de un previo proceso de invención y experimentación en la región.

Por ahora, pareciera que estas dos innovaciones llegan a la zona a partir de desarrollos que tienen lugar en regiones más septentrionales, sin que aún este claro si provienen del Norte Chico o el Noroeste Argentino. Tampoco está es claro todavía si esta revolución estuvo asociada a la llegada de una nueva población, o si, por el contrario, fueron los mismo cazadores-recolectores de Chile Central los que adoptaron y desarrollaron estas nuevas tecnologías foráneas. No obstante, los cazadores y recolectores de tradición arcaica nunca fueron desplazados del todo por la nueva cultura, ya que este modo de vida se mantendrá vigente hasta tiempos históricos en territorios marginales, especialmente en la cordillera andina.

A partir de 300 años a.C., en Chile Central se puede identificar con claridad la presencia de grupos humanos horticultores y alfareros, los que han sido asignados por los arqueólogos al período Agroalfarero Temprano.

En muchos aspectos el modo de vida de estas nuevas poblaciones no difería mucho en sus inicios de los antiguos cazadores, ya que buena parte de su sustento venía de la caza y la recolección. A la vez, conservaban todavía algo de la vida nómade de sus antecesores. Los cultivos fueron tomando importancia a medida que pasaba el tiempo. Probablemente, el proceso comenzó con la producción de calabazas, que serían utilizadas principalmente como recipientes. Con posterioridad, se incorporan plantas netamente alimenticias como los porotos, la quinua y el maíz.

En general, las poblaciones de este período exhiben una serie de características comunes, las que han sido son especialmente documentadas en el territorio que se extiende entre los ríos Aconcagua y Cachapoal. Si embargo, no fueron homogéneas desde el punto de vista cultural, coexistiendo y desarrollándose a través del tiempo distintos grupos con una infinidad de diferencias en detalles importantes de su cultura. Esta situación es propia del nivel de desarrollo en que se encontraban estos pueblos, el que se caracteriza por la falta de cualquier forma de poder o autoridad central y donde las familias independientes constituyen el principal núcleo demográfico. Los estudios arqueológicos han permitido delimitar con alguna precisión algunos de estos grupos.

En la costa, entre los años 200 a.C. y 100 d.C., los arqueólogos han encontrado los restos dejados por pequeñas comunidades agroalfareras. Es posible que sean descendientes directas de los cazadores del Arcaico, pero ya cuentan con cerámicas muy sencillas y, sólo hipotéticamente, con cultivos. es el caso de sitios como el excavado en los terrenos de la ENAP en Concon, y en los valles del interior, tales como en el sitio Radio Estación Naval de la Quinta Normal, en Santiago.

Entre 250 a.C. y 600 d.C., se distingue otro grupo que los arqueólogos han llamado Bato. Sus restos se han encontrado especialmente en lugares como Papudo, Ritoque y San Antonio. Se trata de pequeñas unidades familiares, cuyo modo de vida, si no fuera por la presencia de la tecnología alfarera y de muy escasos cultivos, no se diferenciaba mucho de las antiguas poblaciones del período Arcaico. Usualmente, este grupo enterraba a sus muertos en forma aislada, bajo el piso de sus habitaciones. Su único ajuar mortuorio son los tembetás, un adorno que insertaban entre el labio inferior y el mentón.

En la costa tiene su centro también el grupo Llolleo, sin duda una de las sociedades mejor conocidas de este período. Esta es levemente más tardía que las anteriores, con fechas que se extienden entre los año 150 y 900 d.C. Este grupo se caracteriza por detentar una mayor densidad poblacional y por sitios habitacionales de mayores dimensiones. Sus restos se han encontrado en lugares como Las Cruces y Algarrobo.

Económicamente, en esta etapa seguían siendo importantes la caza y recolección de productos del mar y de tierra firme, aunque la presencia de cultivos, tales como la quinua y el maíz, iba ganando importancia en la subsistencia. Al igual que los demás grupos mencionados, la gente Llolleo enterraba a sus muertos bajo el piso de sus viviendas, formando en algunos casos pequeños cementerios, pero acompañados de un ajuar funerario mucho más variado y rico que en los casos anteriores, incluyendo recipientes de cerámica, adornos corporales, piedras horadadas e instrumentos de molienda. Los párvulos, por su parte, eran sepultados dentro de urnas de cerámica.

Todas estas características sugieren que Llolleo fue una sociedad un poco más compleja que las otras pertenecientes a este período. El uso de deformaciones intencionales de la cabeza, una práctica muy común en la América precolombina y sin efectos nocivos desde el punto de vista biológico, puede ser indicio del surgimiento de diferencias sociales más allá de las familiares.

En los grandes valles del interior y la cordillera, en cambio, es más difícil definir grupos culturales claramente distintos, en parte, debido a que aquí se ha realizado mucho menos investigación sistemática y ésta se ha concentrado sólo en algunos sitios. No obstante, parece claro que los dos principales grupos definidos en la costa, Bato y Llolleo, también están presente aquí, aunque presentando ciertas peculiaridades locales. Estas pueden deberse tanto a que en la economía de los valles interiores fue más importante la horticultura como a la probable presencia de otros grupos aún no bien definidos por la arqueología. Un ejemplo de estos últimos podría ser el sitio cordillerano de Chacayes, un importante cementerio con ajuares funerarios muy peculiares, que recuerdan fuertemente a objetos encontrados en cementerios de la cultura El Molle del Norte Chico.

Los agricultores

Hacia el año 900 d.C., cuando los grupos Llolleo y de otras tradiciones del perído Agroalfarero Temprano todavía dominaban el norte del territorio de Chile Central, es posible verificar la presencia de un nuevo grupo. Los arqueólogos lo denominan Aconcagua y lo asignan al período Agroalfarero Intermedio Tardío. Esta gente se extendió rápidamente entre los ríos Aconcagua y Cachapoal, con una población muy numerosa que se asentó en la costa, en los grandes valles de la depresión intermedia y en los cajones cordilleranos. Es probable que al principio compartiera el territorio con algunos pequeños grupos de horticultores, los que se mantuvieron en sitios que presentan fechas finales posteriores al año 900 d.C. Ejemplos de éstos se han estudiado en el río Colorado del Cajón del Maipo y en el extenso asentamiento encontrado en los terreno del diario El Mercurio, junto al río Mapocho.

El origen de la población Aconcagua no es todavía suficientemente claro, aunque una de la hipótesis más aceptadas propone que no descendía de los grupos del período Agroalfarero Temprano. En realidad, no se aprecia en ella ningún rasgo que pudiera ser producto de una evolución desde la cultura de los primeros horticultores. Más aún, muchos de sus elementos más característicos parecen ser antagónicos con el modo de vida reinante en la región en tiempos anteriores. Así, todo indica que estamos frente a un gran cambio en la prehistoria de esta área que podría ser el producto del arribo de una nueva población, proceso que aún presenta grandes incógnitas para los arqueólogos. Se ignora por qué esta gente se afinca en este territorio y sólo se cuenta con algunas hipótesis muy preliminares acerca de su lugar de origen. Estas establecen ciertos lazos con culturas del noroeste argentino y del altiplano de Bolivia, y se basan, principalmente, en elementos de la decoración de las vasijas de cerámica y en determinados aspectos de la organización social imperante en la cultura Aconcagua.

Aun así, todavía no se puede descartar completamente que esta cultura tenga su origen en los horticultores que la precedieron, no como producto de un lento proceso de evolución, sino como un cambio revolucionario, que se opuso a la antigua forma de vida y desarrolló otra que es, en muchos aspectos, antagónica con la de sus antecesores. Este cambio súbito puede haber comenzado con la llegada de nuevas ideas y tecnologías, probablemente provenientes del norte, las cuales habrían sido tomadas y adaptadas rápidamente por una parte importante de la población. Esta puede ser la razón por lo cual mucho de los elementos culturales de Aconcagua exhiben una impronta que es reminiscente de las tradiciones culturales donde dichas ideas se habrían generado.

La cultura Aconcagua tuvo sus principales centros en las cuencas de los ríos Aconcagua, Mapocho y Maipo, donde establecieron pequeños conjuntos habitacionales de no más de un docena de casas. Las viviendas eran construidas con barro, paja y coligües. Es el caso de las encontradas en la rinconada de Huechún o en la confluencia del estero El Manzano con el río Maipo. En estos pequeños villorrios convivían probablemente una serie de familias unidas por lazos de parentesco, dedicándose a la plantación de una diversidad de cultivos, tales como la quinua y el maíz, criando algunos guanacos amansados y sin dejar de lado las antiguas prácticas de caza y recolección. Ciertos asentamientos, ubicados en lugares determinados, tuvieron una especialización en la producción de determinados recursos: en la costa, estaban dedicados especialmente a la recolección de mariscos, mientras que en algunos lugares de la cordillera explotaban minas de cobre.

Entre los sitios más importantes de la gente de Aconcagua están sus cementerios. Estos constituían verdaderas necrópolis, que cumplían un importante rol social y religioso dentro de la comunidad. Se caracterizan por grandes concentraciones de tumbas construidas como montículos de tierra o túmulos, con una altura que va desde unos 30 centímetros a un par de metros. Bajo ellos los muertos, enterrados individual o colectivamente, fueron acompañados de un ajuar compuesto de vasijas de cerámica, aros de cobre, collares y otras clases de objetos. Algunos de los más importantes se encuentran cerca de San Felipe y en Lampa.

Aparentemente, esta sociedad tuvo niveles de organización social que trascendían los lazos puramente familiares. Los individuos reconocían la existencia de una instancia social superior, a la cual pertenecían sin importar sus distintos orígenes familiares. Este autorreconocimiento como miembros de una misma sociedad o etnia era expresado tanto por la mantención de una serie de obligaciones y derechos entre los individuos, como por la existencia de una serie de símbolos que representaban a la sociedad. Destaca entre ellos un diseño, llamado por los arqueólogos "trinacrio", que habitualmente pintaban en los platos de cerámica utilizados en la vida diaria y en el ajuar mortuorio.

La decoración de la alfarería permite suponer que dentro de la sociedad Aconcagua existían al menos dos amplios grupos, uno asentado en la cuenca del río Aconcagua y el otro localizado en las cuencas de los ríos Mapocho y Maipo. Si bien ambos se reconocían como pertenecientes a la misma cultura, por razones que aún se desconocen hicieron un esfuerzo por diferenciarse, utilizando para ello la fuerza simbólica de la forma y distribución de los dibujos geométricos aplicados en la cerámica. Este tipo de organización social dual recuerda a aquella imperante en las sociedades andinas del Perú, Bolivia y el norte de Chile a la llegada de los españoles. Se caracterizaba esta organización por la existencia de una división de la sociedad en dos mitades complementarias, cada una con sus propios jefes, los que eran simbólicamente considerados como hermanos.

Con posterioridad a su período de formación, esta sociedad tuvo un desarrollo más bien autónomo, sin que sean muy evidentes relaciones interculturales marcadas con otros pueblos de los territorios adyacentes. Es casi imposible encontrar elementos culturales Aconcagua fuera de su territorio nuclear, salvo unos pocos fragmentos de alfarería recolectados en sitios precordilleranos de la Provincia de Cuyo, en Argentina. Del mismo modo, es posible advertir la presencia sólo de algunas pocas influencias procedentes de las culturas Diaguita y Animas del Norte Chico, las que se presentan muy localizadamente.

La llegada de los conquistadores

La aparente autonomía del desarrollo cultural de la región de Chile Central tendría a mediados del siglo XV un cambio rotundo, a partir de la incorporación de este territorio y su gente al Imperio Inca o Tawantinsuyu, inaugurándose lo que los arqueólogos denominan Período Agroalfarero Tardío. Como en muchas otras partes de los Andes, este proceso ocurrió de manera bastante rápida y violenta, significando para las poblaciones Aconcagua la pérdida de su independencia política, así como una serie de cambios en su modo de vida.

De acuerdo a las crónicas escritas por los españoles, la conquista de estos valles --incluidos lo que los Inkas denominaron el Kollasuyu-- se habría verificado aproximadamente entre 1470 y 1493 d.C., durante el mandato en el Cuzco de Topa Inca Yupanqui. De acuerdo a algunas fuentes, los incas llegaron en su avance hacia el sur hasta las riberas del río Maule, lugar donde su ejército habría sido frenado por las poblaciones que habitaban más al sur. Sin embargo, las evidencias arqueológicas de este proceso expansivo no son del todo coincidentes con los relatos de los cronistas. Existe una serie de indicios que señalarían que los incas arribaron a Chile Central unos 50 a 80 años antes de lo que indican las fuentes escritas. Por otra parte, los lugares efectivamente ocupados por representantes del Tawantinsuyo sólo se extienden por el sur hasta el Cerro Grande de La Compañía, ubicado tan sólo unos kilómetros al norte de la ciudad de Rancagua.

Se desconoce aún cuáles fueron las razones que tuvo el Tawantinsuyo para expandir sus fronteras hasta estas regiones, localizadas a casi 3 mil kilómetros de su capital. Entre las hipótesis que se han manejado se incluye la necesidad constante de incrementar los recursos económicos para un imperio que tenía como principal política económica la distribución de los recursos; los intereses de cada nuevo gobernante inca, quien estaba obligado a forjar su propia riqueza; y la atracción de los recursos mineros de estos territorios.

Sean cual fueren las razones que trajeron hasta aquí al Tawantisuyo, el tipo de lugares donde asentaron indica que su presencia en Chile Central estaba vinculada a intereses muy delimitados. A la vez, si bien se pueden encontrar ciertas evidencias que hablan de la estadía en estos territorios de personas venidas directamente del núcleo central del imperio, aparentemente la mayor parte del trabajo de conquista, así como la posterior ocupación y administración, estuvo en manos de miembros de poblaciones que habían sido en su momento también conquistadas por los incas, especialmente los Diaguitas de los valles del Norte Chico.

Una de las principales huellas de esta ocupación fue la construcción de obras viales y arquitectónicas que hasta ese momento eran completamente desconocidas en estas tierras. Especial mención merece el Camino del Inca, red vial que saliendo desde el Cuzco recorría toda las tierras bajo el mando del Inca reinante. Esta red permitía administrar en forma eficiente uno de los Imperios más extensos del mundo, ya que por él viajaban rápidamente las noticias, se desplazaba los ejércitos y servía para el movimiento expedito de los recursos económicos. Este camino contaba con una serie de tambos o posadas, cuya función era prestar asistencia a los mensajeros y caravanas que circulaban entre los diversos puntos del Imperio.

Los arqueólogos han encontrado fragmentos de dicho camino principalmente en la cordillera andina al norte del río Mapocho. Las crónicas españolas hablan de que el Camino del Inca llegaba, al menos, hasta la actual ciudad de Santiago, entrando desde el norte por la actual calle Independencia. Se han localizado también algunos de los tambos. Generalmente, éstos consisten en una serie de recintos rectangulares con muros de piedra y accesos abiertos hacia un pequeño espacio central.

Aparte de esta red vial, el dominio de los conquistadores cuzqueños se afianzaba merced a una serie de construcciones defensivas o pucarás, emplazados en las cimas de las colinas, desde donde era posible ver y controlar un amplio espacio. Los pucarás presentan muros defensivos que rodean un reducto localizado en la cumbre, donde, presumiblemente, habitaban guerreros y otros funcionarios que tenían por misión garantizar el dominio de los incas. Los mejor conservados de Chile Central se localizan en el Cerro Chena, cerca de San Bernardo, y en el ya mencionado Cerro Grande de La Compañía.

Los incas, sin embargo, no sólo trajeron a su ejército y a sus funcionarios a esta nueva tierra. Trajeron también a sus sacerdotes y con ellos, una serie de ritos y ceremonias que eran parte importante de la religión estatal. La evidencia más clara de este aspecto, está reflejada en los santuarios que fueron erigidos en algunas de las cumbres más elevadas de la cordillera andina. Entre otros ritos, en ellos se realizaron sacrificios de personas en honor a Inti, el Sol. En la cumbre de el cerro El Plomo, frente a Santiago, fue encontrado el cuerpo de un niño que, después de haber sido embriagado con chicha, fue sepultado vivo junto con una serie ofrendas dentro de una cámara construida en el piso de una plataforma. Igual ceremonia se practicó cerca de la cumbre del cerro Aconcagua, la máxima elevación de los Andes.

El Tawantinsuyo trajo también a estas tierras una serie de cambios en materias económicas. La utilización de camélidos domésticos, especialmente la llama, como animales de lana, carne y carga, fue tal vez una de las innovaciones más significativas, ya que todas las evidencias disponibles en la actualidad indican que, con anterioridad al arribo de los incas, sólo existía la captura y amansamiento de guanacos silvestres. Asimismo, la agricultura experimenta un importante impulso con la llegada de técnicas mucho más sofisticadas, tales como mejores sistemas de riego e incluso nuevos cultivos.

El impacto de la dominación inca sobre la población local de raigambre Aconcagua, se dejó sentir en distintos ámbitos de su vida. En primer lugar, tuvieron que interactuar directamente con una nueva población, la que si bien puede no haber sido muy numerosa, se encontraba en una situación ventajosa, constituyéndose en fuente de nuevas ideas y costumbres. La alfarería, que anteriormente había constituido un importante medio de expresión de la identidad de la sociedad Aconcagua, incorporó una serie de rasgos propios de las culturas Inca y Diaguita, proceso que supone la aceptación por parte de la población local de elementos foráneos. A juzgar por la rapidez con que ocurrió, este proceso debió ser forzado por la dominación ejercida por el Estado incaico. Por lo demás, las poblaciones locales debieron pagar impuestos al Tawantinsuyo, en la forma de bienes, especialmente minera-les, y por medio de la destinación de mano de obra para las empresas emprendidas por los cuzqueños.

La presencia de este Estado expansivo provocó la aparición de estructuras sociales y políticas completamente nuevas. Se instauraron autoridades que ostentaban un poder sobre la sociedad nunca antes conocido, representadas tanto por los administradores de los intereses incas en la región, como por personajes locales que, si bien existían previamente, ahora adquirieron un mayor protagonismo. A la vez, estas diferencias socio-políticas debieron conllevar distinciones económicas y de jerarquía entre los individuos y entre distintos segmentos de la sociedad.

Toda esta situación, sin embargo, sufriría un abrupto final con la llegada de nuevos conquistadores. Desde el otro lado del mundo y después de haber sometido a los aztecas y apoderarse de la capital del Tawantinsuyo, los españoles vienen para definir un nuevo mundo: uno en el cual las culturas autóctonas de Chile Central y del resto de América ya no tendrán cabida. Los indígenas se convierten en mano de obra barata para la instalación en estas tierras de una nueva sociedad colonial, que implantará los valores, usos y costumbres de la civilización cristiana. En este contexto, una cantidad importante de los descendientes de la cultura Aconcagua será rápidamente asimilada en la nueva cultura mestiza que se formará en torno a la actual ciudad de Santiago. Muchos de los nativos perecerán en los primeros años de dominación europea, como producto de los maltratos y abusos a que son sometidos por el nuevo régimen y por el contagio de enfermedades desconocidas en América en ese entonces, como la tuberculósis.

Este genocidio cultural y racial fue tan intenso que Chile Central, así como el Norte Chico, son desde principio del siglo XX los únicos territorios donde no existe población indígena en Chile. En estos Grandes Valles se ha perdido irremediablemente la riqueza cultural proveniente de una tradición de más de 11 mil años de antigüedad

 

 

 
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